—P. Jaime Emilio González Magaña, S. J.
El libro de los Ejercicios se puede dividir en tres partes, a saber: un prólogo, el cuerpo de la obra y los apéndices. Las “Annotaciones para tomar alguna inteligencia en los Exercicios spirituales que se siguen, y para ayudarse así el que los ha de dar, como el que los a de rescibir” forman un conjunto de veinte disposiciones[1] que propiamente no son todavía el cuerpo de los Ejercicios, sino que forman una especie de prólogo del libro y consiste en una sección introductoria o de avisos para orientar, como Ignacio mismo lo dice, tanto a quien ha de hacer los Ejercicios como a aquél que los ha de dar. Las Anotaciones constituyen un Directorio sumario perfectamente delineado que se inicia con la Anotación 1ª con la explicación del contenido del libro y se cierra con el número [21] con una definición de lo que son los Ejercicios y su finalidad. En su Directorio, el P. Mirón, contemporáneo de Ignacio, mencionaba que las Anotaciones se habían añadido para evitar malos entendidos entre el que da los Ejercicios y el ejercitante[2]. Están dedicadas fundamentalmente al acompañante de Ejercicios con el objeto de proporcionarle un doble tipo de ayuda: a sí mismo en su papel de acompañante y una orientación para quien ha de hacer la experiencia de oración. Su objetivo es teórico-práctico. Es teórico en cuanto que dan una serie de principios, algunos de valor general y permanente y otros de carácter limitado que tanto el que da los Ejercicios como quien los hace deberán tener en cuenta para alcanzar “inteligencia” del fin de los Ejercicios. El objetivo práctico será el de “ayudarse”, es decir, tomar en consideración lo que el ejercitante ha de hacer para colaborar con Dios en la obra que se ha de comenzar en conjunto. La obra del Espíritu será primordial y es, sin duda, la más importante, sin embargo, el ejercitante necesitará poner mucho de su parte para que con la ayuda del acompañante la obra común llegué a buen término. Se trata de aportar los principios orientadores para que una obra de tres: Dios, el ejercitante y el que da modo y orden obtengan los fines para los cuales ha sido prevista.
Las Anotaciones indican lo que ha de ponerse en común para que la obra se lleve a cabo con docilidad y fidelidad a los planteamientos previstos, a la organización tal y como está planeada, a los pasos progresivos que han de darse, en su momento preciso, etc. Todas estas indicaciones deben llevarse en un plano dual, es decir, el que da los Ejercicios deberá dar determinadas indicaciones; el ejercitante, por su parte, deberá recibirlas con docilidad y un respeto disciplinado y responsable. En la primera Anotación, el autor explica qué es lo que entiende por Ejercicios Espirituales, esto es, un período de entrenamiento análogo en su orden a los períodos de entrenamiento físico, recordando quizá las palabras paulinas que comparan el itinerario espiritual con las competiciones en el estadio y con los períodos de preparación intensiva (1 Cor. 9, 24ss). De la misma manera que un atleta se prepara para dar lo mejor de sí en las competiciones deportivas. Como los deportistas necesitan una rígida disciplina para rendir sus mejores tiempos y marcas, el ejercitante que quiera tener una experiencia espiritual con el Señor, Dios eterno, ha de prepararse mediante un trabajo eminentemente personal llevado a cabo de una forma metódica y progresiva, no exento de unos intencionados y sostenidos disciplina y esfuerzo. Un deportista pasea, camina, corre para ponerse en forma y competir dignamente; un ejercitante hará lo mismo con todo el complejo de sus facultades superiores puestas al servicio de la gracia. El acompañante de Ejercicios será el entrenador; el acompañado será quien se entrena para alcanzar la meta. Quien quiera encontrar la voluntad de Dios no puede ser eximido del trabajo de poner lo mejor de sí para descubrir lo que Dios quiere de él; para quien quiere apartar de su vida toda afección desordenada, será imprescindible que él haga el trabajo personalmente. De la misma manera que el deportista que se entrena ha de competir, el ejercitante no puede ser suplido por nadie, él tiene que hacer su mejor esfuerzo y, según sus propias capacidades y fuerzas, dar la batalla. El ejercitante, bien dispuesto y preparado se dejará llevar por las inspiraciones divinas con la ayuda y consejo de un buen acompañante espiritual que le ayude a discernir las mociones que el Espíritu le inspire, en soledad, en íntima comunicación y contacto con el Señor de la vida ante quien implora que le dé a conocer la voluntad sobre sí y sobre su vida.

En los Ejercicios, el hombre que se deja llevar luchará por apartar de sí aquellos aspectos negativos que le impiden relacionarse mejor con el Señor y con los hermanos y trabajar por un Reino común, por tanto, se esforzará por hacer consciente y desechar todo aquello que le impide vivir en plenitud. Asimismo, intentará, por todos los medios a su alcance, buscar apasionadamente para hallar la voluntad de Dios sobre sí, sobre su vida, sus cosas, su entorno y así encontrar la felicidad y su propia salvación, realización, liberación. A lo largo de los años, algunos acompañantes de Ejercicios los han visto como una “escuela de perfección”; otros, en cambio los ven como una “escuela de elección”. Fessard recoge lo dicho por varios autores y se inclina por afirmar que los Ejercicios bien pueden dirigirse con las dos tendencias, es decir, son vitales para favorecer una elección y para la santificación del alma[3]. Recordando los avatares históricos que vivió Ignacio de Loyola, desde su juventud hasta su madurez, no nos sorprenderá que los Ejercicios sean considerados como una escuela de perfección. Si somos conscientes del proceso interior que transformó a Ignacio en sus varias etapas de conversión, podemos afirmar que los Ejercicios son, asimismo, una “escuela o taller de conversión” que se ofrece a todos aquellos que estén sedientos de encontrar un camino mejor para sí y los demás, reviviendo los pasos compartidos a través de la experiencia ignaciana. Las Anotaciones guían, orientan en ese camino y llevan por senda segura al ejercitante que, siguiendo los pasos de Jesús, al estilo de Ignacio, se aventura igualmente en un camino de alternación, de búsqueda de nuevas formas de dar respuesta a sus necesidades más íntimas y personales, a sus deseos de vivir en comunión con el Señor y los hermanos. Las Anotaciones son una expresión pedagógica concreta de esa escuela de conversión. La Anotación 5ª nos indica que los Ejercicios son para quienes tengan realmente deseos de entregarse sin reservas, con magnanimidad absoluta, que quieran dejarse hallar por la voluntad de Dios y convertirse a una vida totalmente dirigida por Él y donde Él sea el único absoluto. Los Ejercicios son para quienes quieran optar por el “más”, para quienes estén dispuestos a dar lo mejor de sí en la búsqueda de ideales y utopías dignos de mayor estima y momento, tanto en la elección de su estado de vida o en la reforma de cómo vive y actúa. Se dirigen a aquellos que quieran y acepten arriesgarse “para venir en perfección en cualquier estado o vida”[4] y, al término del entrenamiento espiritual, estén dispuestos para “que … pueda en todo amar y servir a su divina majestad”[5].
Las Anotaciones nos indican que los Ejercicios son también, una escuela de elección, de búsqueda para hacer efectivo el deseo de encontrarse con el Señor de todas las cosas, en todas las cosas de la vida, en lo rutinario, en los signos de los tiempos, en los hombres, en la Iglesia. Los Ejercicios son, en última instancia, una escuela de conversión y una escuela de elección del más alto de los ideales que es el de conformarse con Cristo en su seguimiento, dejando atrás todo aquello que ha estorbado una relación amistosa y de compromiso profundo con Él y con el mundo. Los Ejercicios, en opinión de Polanco, son un método bonae electionis faciendae circa vitae statum et res quaslibet[6]. Las Anotaciones nos previenen que los Ejercicios son una escuela de elección para optar por el “magis” en la vida cotidiana, rutinaria, aparentemente insignificante y llena de tropiezos y problemas. Escuela de conversión y escuela de elección se juntan en un sólo propósito buscado por los Ejercicios. Ambos aspectos permitirán al ejercitante ordenar su vida y conformarla con la voluntad de Dios. La búsqueda se da de lleno en el retiro, pero no termina con él, sino que ha de continuar en la vida de modo que se logre descubrir la voluntad divina en todas las cosas y a todas las cosas en Dios por medio del amor lúcido, que sabe elegir, la “discreta caridad” ignaciana. Las Anotaciones 2ª, 3ª y 4ª, elaboran un modo general de proceder. A partir de la segunda se da una serie de indicaciones al ejercitador sobre la manera como ha de conducirse con el ejercitante y forman varios grupos o bloques compactos que, en términos generales los podemos agrupar, como se indica a continuación:
1.1.3.1 Primer Bloque.
Anotación 2ª: Que el ejercitador que da modo y orden para meditar y contemplar, narre fielmente la historia de una manera breve y sucinta que permita que la persona haga sus propios Ejercicios. Que no desglose ni interprete la materia de modo que entorpezca la labor del propio ejercitante, porque “no el mucho saber harta y satisface al ánima mas el sentir y gustar de las cosas internamente”. Lo que el ejercitador propone al ejercitante es y debe ser el misterio de Cristo como historia, sin interferir la interiorización de ella a través de interpretaciones subjetivas[7]. Ignacio habla de la persona que “da modo y orden” nunca menciona la palabra “director” ni hace insinuación de alguien que “dirige” a otra persona. Para Ignacio es necesario e imprescindible que el que da los ejercicios sea completamente neutral, de ahí la importancia de la fidelidad a la historia que ha de narrarse. El ejercitador sólo facilitará la experiencia del ejercitante basado en el conocimiento que tiene de su persona y de su historia así como del conocimiento de la técnica, el método y los diversos pasos de los Ejercicios, sus dificultades y los signos de su progreso o retroceso[8]. No toca a quien da los Ejercicios inventar ni cambiar arbitrariamente la materia de oración sino relatarla brevemente por medio de puntos sólidos y substanciales que aportan mucho más riqueza al ejercitante que conferencias largas y prolijas que sólo logran cansar y distraer de la actividad principal que es entrar en contacto con el Señor por medio de una oración tranquila, serena y relajada. Debe tener muy claro que no es él quien origina el proceso de conversión, así como también que éste no depende de su voluntad, de sus ideas ni de su propia experiencia, por valiosa que ésta sea. Es necesario que asuma con claridad que en la medida que comunique su propia voluntad o interfiera en el proceso de su acompañado se puede pervertir el fruto que se podía lograr si sólo acompaña, facilita, orienta y objetiva, que no impone y mucho menos dirige.
Anotación 4ª: Se explica la distribución del tiempo de los Ejercicios en cuatro semanas que corresponden a las partes de los mismos. En la primera se contemplarán los pecados; en la segunda, la vida de nuestro Señor hasta el día de Ramos, inclusive. En la tercera, la pasión de Cristo y en la cuarta, la resurrección y ascención con los tres modos de orar. Asimismo, se sugiere que el tiempo de las semanas no se tome estrictamente al pie de la letra sino que se hagan las adaptaciones necesarias en beneficio de quien se ejercita de manera que el retiro termine aproximadamente en treinta días[9]. Esta Anotación subraya el proceso de los Ejercicios, regido por el fin que se persigue y las disposiciones del ejercitante. No es una división arbitraria o caprichosa, tampoco es una simple rutina que deba observarse como si fuera una fórmula matemática rígida e inflexible. Todo está dirigido a conseguir los fines del retiro y, en función de la propia marcha de la oración, del estado espiritual de quien se ejercita, el retiro se ha de ir conformando y así, se acortará o alargará cada una de las semanas según se vea necesario y conveniente para quien se esta ejercitando. Esto resulta más claro tratándose de Ejercicios totalmente personalizados en los que el acompañante se da perfecta cuenta de la marcha de su acompañado y en base a ello puede hacer los acomodos que crea convenientes. No olvidemos que en la mente de Ignacio no estaban los retiros masificados en los que difícilmente puede haber cercanía y diálogo y mucho menos una dirección personalizada de los ejercicios que se proponen y una comunicación de la respuesta individual de quien los hace. Si fuéramos fieles al espíritu de esta Anotación, habríamos de cuestionar con más fuerza los mal llamados “ejercicios” a grupos en los que no hay entrevista personal ni seguimiento o acompañamiento, sino sólo prédicas y largas conferencias magistrales.
Llegar a establecerse en la conversión como proceso permanente, como hábito de “en todo amar y servir” no es nada fácil. Asumir los cambios que una conversión auténtica supone es mucho más difícil por lo que cada ejercitante debe encontrar su propio ritmo, su camino personal. La vida, las relaciones, amistades, situaciones de trabajo y familiares, la historia toda de quien hace los Ejercicios siguen siendo los mismos, no han cambiado y a esa situación ha de volver la persona al final del retiro y para la cual es necesario que se prepare. No se le puede pedir -y mucho menos exigir- un ritmo de trabajo que supere su propia constitución física y psíquica, sobre todo tomando en cuenta que hay que partir de su propia realidad, sin idealismos ingenuos. Cada ejercitante ha de idear su propio retiro, ha de administrar sus fuerzas y hacer su distribución personal en meditaciones, exámenes, entrevistas, horas de oración, descanso, sueño, etc. Sólo partiendo de su propia vida, de su realidad, teniendo presente su historia y el mundo al que ha de volver, el ejercitante podrá cambiar, convertirse y abrirse a posibilidades nuevas de futuro.
Anotación 6ª: Contiene la invitación e insistencia para que se cuide y vigile los distintos movimientos de espíritus de quien se ejercita y se investigue lo conducente, en caso de que no haya ningún tipo de movimiento. Se introducen las palabras de “consolación, desolación y adiciones”[10]. Se supone que el ejercitante ha entrado en el retiro con gran ánimo y liberalidad y que está trabajando fielmente en la distribución de su tiempo de oración. En situaciones normales, es de esperar que surjan fuertes movimientos de signos diferentes durante la marcha del retiro. Si no surgieran éstos, el que da los Ejercicios podría pensar que, o hay indicios de negligencia por parte de quien se ejercita, o bien que el Señor se manifiesta en esa especie de calma con que se mueve el ejercitante. Para salir de dudas, es necesario que quien da los Ejercicios cuestione a quien los hace sobre la manera de hacer su oración y de seguir las indicaciones que se hacen en los diferentes puntos de oración. Podría suceder también que, aunque el ejercitante viva su oración generosa y fielmente, los movimientos y luces se proyectan hacia actividades que ha de realizar en el futuro, fuera del retiro, cuando tenga que hacer operativas sus decisiones y no precisamente sobre lo que está meditando en esos momentos. En cualquiera de los casos, es conveniente y necesario que el que da los Ejercicios conozca lo que pasa en la mente de su dirigido para que pueda obrar en consecuencia y asegurar que se va por el camino correcto en el retiro.
Anotación 7ª: Recomienda la manera de tratar a quien se siente desolado y tentado y se insiste en que más bien se trate de comprender al ejercitante, de conocerlo y acercarse a él según su naturaleza. Se le prepara para descubrir las trampas del “enemigo de natura humana”[11]. Esta Anotación sugiere cómo los verdaderos acompañantes de Ejercicios deben tratar a los ejercitantes que se encuentran desolados o confundidos. Es conveniente que le acompañen y sostengan, que intenten estar cerca en los momentos de prueba y se dejen sentir como padres comprensivos. No se trata de asumir actitudes paternalistas y resolver sus problemas, sino que sean paternales, que se hagan presentes en la vida del ejercitante y que le ayuden a discernir los distintos movimientos por los que son afectados para que puedan salir de ellos airosamente. Si la persona se siente aceptada incondicionalmente, querida, escuchada y comprendida, podrá experimentar vivencialmente que Dios no le abandona, recibiendo así mayores fuerzas para salir de la desolación y de la prueba. Quien da los Ejercicios está obligado a desempeñar un papel objetivador de una experiencia totalmente subjetiva que vive quien hace la experiencia, de ahí que se experimenten riesgos necesarios pues es en la íntima y particular relación personal con Dios donde el ejercitante vivenciará sus deseos de conversión y en ese contexto tomará decisiones vitales para su existencia. En la vivencia personal también se presentará el mal espíritu tentando, entristeciendo, desanimando e intentando que quien busca la conversión se aparte de sus deseos y proyectos. De aquí que la función del ejercitador sea tan importante para ayudar a quien acompaña a salir de posibles depresiones, estados anímicos destructivos y paralizantes. Quien da los Ejercicios debe animar, objetivar los afectos del ejercitante para que siga adelante; estimularlo para que no desfallezca ante la alternancia de sentimientos tan contrarios y opuestos[12].
Anotación 8ª: Siempre en actitud de comprender a quien se ejercita, esta anotación pide que, según la situación y necesidad del ejercitante, se le pueden explicar las reglas de discernimiento de la 1ª y 2ª semana que le ayudarán para detectar las diferentes mociones espirituales y calificarlas según sean del bueno o del malo espíritu[13]. El que da los Ejercicios se conducirá con una actitud normativa, única y exclusivamente en cuanto al método se refiere, es decir, con una actitud comprensiva y cercana pero claro y firme en cuanto a los remedios que se han de aplicar en los momentos oportunos.
Anotación 9ª: Nuevamente, atendiendo a la situación personal de ejercitante, y si éste no es versado en las cosas espirituales y es tentado grosera y abiertamente, se pide que no se le den las reglas de discernimiento de segunda semana sino sólo las de primera que le serán de mayor utilidad[14]. Mirar siempre a la persona, su situación, su psicología, su momento presente y sus necesidades. Esto es lo que ayudará al que da los Ejercicios a sugerir tales o cuales reglas de discernimiento para el momento que vive su acompañado. Como para un buen médico no existen sólo las enfermedades sino los enfermos individuales, de la misma forma, para un buen acompañante, existirá el ejercitante, único, personal e irrepetible al que hay que sugerir lo que proceda según las individuales circunstancias por las que pasa o atraviesa.
Anotación 10ª: Se previene contra las tentaciones con apariencia de bien que es cuando proceden especialmente las reglas de discernimiento de la segunda semana. El enemigo actúa bajo especie de bien cuando la persona se ejercita en la vida iluminativa de la 2ª semana y no tanto en la vida purgativa de la primera semana[15]. Conviene aplicar aquí la actitud serena de Ignacio frente a las diversas manifestaciones del mal espíritu: ni obsesión demoníaca, ni fervor iluminista. El que da los Ejercicios debe estar pendiente de dar un diagnóstico acertado sobre la situación que vive el ejercitante y ayudarlo a descubrir las trampas del enemigo de natura humana. Para eso, jugará un papel muy importante la experiencia del acompañante espiritual, su conocimiento de la dinámica integral de los Ejercicios y, por supuesto, una sensibilidad especial y un manejo casi connatural del Evangelio que le permitirá descubrir los engaños del mal espíritu que tiende a desfigurar, a obscurecer, a disfrazar sus argucias y a intentar que las personas en Ejercicios se desvíen de sus propósitos con diferentes medios y engaños, sugestiones, afectos o sentimientos que afectan las entrañas psicológicas y la forma de ser del ejercitante para hacer que se extravíe en una falsa dirección y con una aparente capa de bondad.
Anotación 12ª: Contiene una recomendación para prolongar cada uno de los ejercicios por espacio de una hora, y antes más que menos, hasta que el ánima quede satisfecha de lo que ha orado y contemplado. Es conveniente tener en cuenta que el enemigo intentará acortar los espacios de oración por lo que es necesario estar alerta[16]. Un proceso de conversión como el que suponen los Ejercicios requiere la participación de toda la persona, con todas sus capacidades y creatividades. Nadie es capaz de convertirse si no pone todo su empeño en lograrlo, si no añade la acción al deseo. Entramos a Ejercicios con muchas afecciones desordenadas, con malos hábitos de oración, con heridas en nuestras relaciones personales y, muchas veces, con una experiencia pobre de amistad con Dios y los demás. Caer en la cuenta de esos procesos requiere mucho trabajo, dedicación, esfuerzo, muchas horas de oración y petición para que nos dejemos actuar por el Señor y su gracia. Llegar a sentir el conocimiento interno de nuestras negatividades nos puede llevar a un terrible cansancio, a un verdadero asco de nuestro pecado y de ahí, es muy posible que intentemos evadirnos, huir, dar la vuelta a la situaciones que nos dañan y causan dolor. Sabemos que ineludiblemente el Señor actuará, pero es bueno que lo pidamos y pongamos los medios para escucharlo, aunque muchas veces tengamos que modificar la distribución hecha al comienzo del retiro. Lo que realmente es importante es la actitud fiel de escucha y apertura.
Todo ello dependerá obviamente de la libertad personal del ejercitante que no tendrá que rendir cuentas a nadie, que no está obligado ni amenazado con sanciones si no es fiel a sí mismo. Se supone que ha entrado libremente en ese proceso de Ejercicios y por lo mismo la infidelidad le afectará especialmente a él e irá en detrimento de una mejor y más gustada relación con el Señor. El ejercitador ha de ser una ayuda eficaz para que esto se cumpla y ha de preguntar si se ha sido fiel al horario establecido, si se han preparado los “puntos” de oración, si se ha preparado suficientemente y si se ha hecho la evaluación correspondiente. Para ayudar al discernimiento personal, debe cuestionar si ha anotado las diferentes mociones por las que los espíritus van hablando, las constantes en que se va manifestando la voluntad de Dios, las dudas, los momentos de consolación y desolación, las confusiones y tentaciones, si se han hecho las repeticiones cuando así está indicado, etc. No se trata de realizar todo esto para dar una buena nota, no. Los Ejercicios no son para aprobar un examen ni para obtener una calificación. Se pretende que el ejercitante no se engañe a sí mismo pues ése sería el peor fraude que podría cometer contra sí mismo y sólo él sería el perjudicado.
Anotación 14ª: Si el ejercitante vive momentos de consolación y gozo, el ejercitador debe estar atento para evitar que se haga cualquier tipo de promesa o voto. La recomendación tiene más fuerza si el ejercitante es de ligera condición, caso en que será todavía más necesario evitar que se influya en la persona de modo que ésta se deje ocupar por resoluciones maximalistas, producto de la fantasía o el deseo recalentado (Ignacio pone como ejemplo entrar en alguna orden religiosa). Siempre en consideración a la persona que se ejercita, viendo su “subiecto” y lo que le puede servir de ayuda o estorbo[17]. Si en la Anotación 7ª se movía al ejercitador a animar al ejercitante, en ésta se le invita a que juegue un papel contrario, es decir, no se trata de estimular o animar sino de atemperar, de objetivar a la persona que no puede decidir certeramente pues vive momentos de euforia. Si en otros momentos el desolado tiene el peligro de negarse el futuro y quedarse en el pasado, aquí se trata de fugarse del pasado y del presente y evadirse inmaduramente. Si antes se trataba de hacer frente a la depresión, ahora hay que frenar la euforia y para eso la labor del acompañante será siempre remitir a la realidad y descubrir las trampas del mal espíritu que pueden llevarnos a falsas ilusiones que impiden en la práctica que nuestra conversión sea auténtica[18].
Anotación 15ª: El ejercitador no debe mover al ejercitante a ningún estilo de vida en particular como lo podría hacer lícitamente fuera de la experiencia que se vive. Debe dejar actuar libremente sólo al Espíritu de Dios y colaborar para que la persona que se ejercita encuentre la mejor manera de servirle[19]. El que da los Ejercicios debe proponer la auténtica materia de oración, acorde con el evangelio, según los consejos de Ignacio, pero debe abstenerse de presionar al ejercitante para que éste tome decisiones que le agradan a él y que, aun siendo buenas en sí mismas, no son producto de la oración que el ejercitante ha realizado en diálogo con Dios. El que da los Ejercicios debe ser total y absolutamente neutral, debe presentar la única verdad del evangelio, con total y plena objetividad y la radicalidad del mensaje de Jesús y dejar que sea Dios quien actúe para que entonces él pueda retirarse. La labor del que da los Ejercicios es central sólo y siempre si ayuda a que el ejercitante descubra al Otro, con quien se tiene que poner en contacto y en comunicación afectiva, íntima, total. Si el acompañante descuida este importante asunto, puede entorpecer -y de hecho muchos entorpecemos- la relación del Creador con su criatura y la expresión de su voluntad sobre ella.
Anotación 17ª: Quien da los Ejercicios no ha de pretender saber los pensamientos y pecados de quien los hace, sino solamente ha de ser informado de las “agitaciones y pensamientos que los varios spíritus le traen” para que de acuerdo con su situación se le den unos u otros ejercicios[20]. Ignacio se está refiriendo a los “tres pensamientos” a que hace mención en el Examen General de Consciencia. El conjunto del pensamiento no es sólo uno, aunque todos están en mí, pero sólo uno es proprio mío[21], los otros dos vienen, uno del buen espíritu y otro del malo. El acompañante de Ejercicios no ha de identificarse nunca con el papel del confesor, por lo que no debe preguntar al ejercitante sobre sus pecados, su vida o sus pensamientos más íntimos, esto es, sobre sus pensamientos interiores, aquellos que se corresponden con la mera libertad y querer del ejercitante. Su interés y escucha debe ceñirse única y exclusivamente a la marcha del retiro, sobre la metodología de la oración y sus efectos en los pensamientos que vienen en ese estadio de la vida de su acompañado. Debe interesarse sólo en los pensamientos que le traen, es decir, sobre los pensamientos del sujeto, sus ocurrencias o los movimientos que le vienen como resultado de su oración en Ejercicios. Si el ejercitador pregunta, sólo será sobre esta materia y nunca con curiosidad o para investigar más allá de lo que el ejercitante quiera informarle, además de que lo que realmente debe importarle en estos momentos es el movimiento de espíritus que se da en quien se ejercita.
[1]MI., Ex., I, 140-163.
[2]MI., ED., 852.
[3]Fessard (1956), 303.
[4]EE., 135.
[5]EE., 233.
[6]MHSI., PCh., I, 21.
[7]MI., Ex., I, 142.
[8]Domínguez (1988), 115.
[9]MI., Ex., I, 144-146.
[10]MI., Ex., I, 146.
[11]MI., Ex., I, 146-148.
[12]Domínguez, (1988), 117.
[13]MI., Ex., I, 148.
[14]MI., Ex., I, 148.
[15]MI., Ex., I, 148-150.
[16]MI., Ex., I, 150.
[17]MI., Ex., I, 152.
[18]Domínguez (1988), 119.
[19]MI., Ex., I, 152-151.
[20]MI., Ex., I, 156.
[21]EE., 32.







