—Dra. Valentina Campos Cabral,
Coordinadora de la Red de Ecología Integral de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús
Cada 15 de octubre, el Día Internacional de las Mujeres Rurales nos invita a reconocer a millones de mujeres que, desde comunidades campesinas, indígenas y rurales, sostienen buena parte de los procesos indispensables para la reproducción de la vida. Cultivan alimentos, conservan semillas, cuidan animales, gestionan el agua, mantienen conocimientos sobre plantas y ecosistemas y realizan trabajos domésticos y de cuidados fundamentales para sus familias y comunidades. Sin embargo, muchas de estas contribuciones permanecen invisibilizadas y se desarrollan en condiciones profundamente desiguales.
Desde la ecología integral, reconocer a las mujeres rurales exige ir más allá de celebrar su esfuerzo. Implica preguntarnos por las estructuras que distribuyen de manera desigual la tierra, los bienes naturales, el trabajo, los ingresos y el poder de decisión. Las mujeres participan activamente en la producción agrícola y en el sostenimiento de los territorios, pero continúan enfrentando mayores obstáculos para acceder a la propiedad y tenencia de la tierra, financiamiento, asistencia técnica, mercados y espacios comunitarios donde se toman decisiones.
Estas desigualdades adquieren una dimensión todavía más profunda frente a la crisis climática y ambiental. Las sequías, la contaminación de ríos, la degradación de suelos, la pérdida de biodiversidad y los fenómenos hidrometeorológicos extremos no afectan a todas las personas de la misma manera. Cuando escasea el agua, disminuyen las cosechas o se deterioran los ecosistemas, son frecuentemente las mujeres quienes incrementan las horas destinadas a conseguir agua, producir alimentos y cuidar a niñas, niños, personas mayores y enfermas. La crisis ambiental profundiza así desigualdades de género preexistentes.
Pero las mujeres rurales no son solamente víctimas de estas injusticias estructurales. Son también sujetas políticas, productoras de conocimiento y protagonistas de alternativas. En numerosos territorios defienden el agua, los bosques, las semillas nativas y los bienes comunes; preservan conocimientos agroecológicos y participan en organizaciones comunitarias que construyen otras maneras de relacionarnos con la naturaleza.
Esta realidad encuentra profunda resonancia en Laudato si’, cuando el papa Francisco nos recuerda que “todo está conectado” y nos invita a escuchar conjuntamente el clamor de la Tierra y el clamor de los pobres. Desde una perspectiva de género debemos agregar que ese clamor tiene también rostros y voces de mujeres que históricamente han sido invisibilizadas.
Por ello, la justicia socioambiental también debe ser justicia de género. No podemos hablar de transición ecológica, soberanía alimentaria, gestión comunitaria del agua o defensa territorial sin garantizar la participación efectiva de las mujeres, reconocer sus derechos sobre la tierra y los bienes naturales, valorar económicamente su trabajo y redistribuir las responsabilidades de cuidado.
Desde la Red de Ecología Integral de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, este día nos convoca no solamente a reconocer a las mujeres rurales, sino a caminar junto a ellas en la defensa de sus derechos y territorios.
Cuidar la Casa Común requiere reconocer a quienes cotidianamente sostienen la vida. Escuchar las voces de las mujeres rurales, garantizar sus derechos y fortalecer su participación es indispensable para construir territorios más justos, resilientes y sustentables. No habrá ecología integral sin justicia socioambiental, y no habrá justicia socioambiental plena sin igualdad de género.





