—Dra. Valentina Campos Cabral,
Coordinadora de la Red de Ecología Integral de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús
En el marco del Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres, desde la Red de Ecología Integral, los invitamos a recordar las profundas consecuencias sociales y ambientales asociadas a fenómenos hidrometeorológicos extremos ocurridos entre el 6 y el 9 de octubre de 2025, cuando lluvias extraordinarias afectaron Veracruz, Puebla, Hidalgo, San Luis Potosí y Querétaro. La Sierra de Huayacocotla, Veracruz, fue uno de los territorios severamente afectados: según cifras oficiales, 21 personas fallecidas y 43 desaparecidas, además de deslaves, daños en caminos y comunidades incomunicadas. Todo lo cual evidenció la fragilidad de un territorio donde las condiciones geográficas se entrecruzan con desigualdades sociales, infraestructura insuficiente y dificultades históricas de conectividad.
Un año después de la emergencia de octubre de 2025, Huayacocotla vuelve a enfrentar afectaciones semejantes. Durante los días 3 y 4 de octubre de 2026, las lluvias provocaron nuevos derrumbes en la carretera Huayacocotla–Zontecomatlán y en la zona de Zilacatipan, ocasionando interrupciones a la circulación y el riesgo de nuevos desprendimientos. Lo ocurrido resulta significativo si consideramos que apenas días antes se habían reportado obras de rehabilitación en este mismo corredor carretero como parte de la recuperación de los daños de 2025. Esta recurrencia evidencia que no estamos solo ante episodios extraordinarios de lluvia, sino frente a condiciones persistentes de riesgo territorial que exigen fortalecer la prevención, actualizar y construir participativamente atlas comunitarios de riesgo, proteger y restaurar los ecosistemas que contribuyen a la regulación hídrica y a la estabilidad de los suelos, y orientar la planeación territorial considerando las zonas susceptibles a deslizamientos y las condiciones de vulnerabilidad de las comunidades.
Desde la ecología integral, la repetición de estos acontecimientos nos interpela a pasar de la reconstrucción posterior a cada emergencia hacia una política permanente de prevención, adaptación y cuidado del territorio, asi como a preguntarnos por qué un fenómeno natural puede convertirse en una catástrofe social.
Los desastres no pueden explicarse solamente por la intensidad de las lluvias. Las amenazas se convierten en desastres cuando encuentran poblaciones expuestas, asentamientos en zonas vulnerables, infraestructura precaria, ecosistemas degradados y capacidades insuficientes de prevención y respuesta.
Por ello cobra especial significado lo señalado por el Papa Francisco en Laudato si’: “no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental”. La gestión del riesgo requiere, por tanto, comprender simultáneamente las condiciones ambientales, territoriales y sociales que producen vulnerabilidad.
La experiencia de Huayacocotla muestra la urgencia de avanzar hacia una verdadera cultura de prevención. Para ello resulta fundamental contar con atlas de riesgo actualizados, accesibles y construidos con participación comunitaria. No basta con mapas elaborados desde una perspectiva exclusivamente técnica. Quienes habitan los territorios conocen los lugares donde históricamente se deslizan las laderas, crecen los ríos, desaparecen los caminos o se modifican los escurrimientos. Articular ese conocimiento comunitario con la información científica y tecnológica permite reconocer amenazas y vulnerabilidades, establecer rutas de evacuación, identificar refugios y fortalecer sistemas locales de alerta y organización.
Igualmente indispensable es una planeación territorial con perspectiva ecosistémica. Ordenar el territorio no puede significar solamente decidir dónde construir. Implica reconocer las funciones de bosques, cuencas, humedales, barrancas, ríos y suelos; identificar zonas susceptibles a inundaciones o deslizamientos y evitar que las decisiones sobre infraestructura, vivienda y actividades productivas incrementen la exposición de las poblaciones. Proteger los ecosistemas es también reducir riesgos.
Pero los mapas deben mostrar algo más que amenazas físicas. También necesitamos reconocer las vulnerabilidades diferenciadas: comunidades aisladas, pueblos indígenas, población en situación de pobreza, personas mayores, niñas y niños, personas con discapacidad y familias con menores capacidades económicas para enfrentar una emergencia y recuperarse posteriormente. El riesgo también tiene una geografía de la desigualdad.
Desde la Red de Ecología Integral de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, lo sucedido en Huayacocotla nos convoca a escuchar conjuntamente el clamor de la Tierra y el clamor de los pobres. La solidaridad durante la emergencia es indispensable, pero necesitamos ir más lejos: prevenir, restaurar ecosistemas, fortalecer las capacidades comunitarias y planear los territorios poniendo la vida en el centro.
Cuidar la Casa Común significa anticiparnos al desastre. Los atlas comunitarios de riesgo, la protección de los ecosistemas y una planeación territorial socialmente justa son herramientas para hacerlo. Prevenir es cuidar; prevenir es hacer justicia socioambiental; prevenir es defender la vida.





