«En un inicio estaba el hombre, y por un tiempo fue bueno.
Pero las llamadas sociedades civiles de la humanidad pronto cayeron en la vanidad y la corrupción.
Entonces el hombre creó a la maquina a su imagen y semejanza”.
Con este monólogo inicia “El segundo renacimiento” de Animatrix, un conjunto de cortometrajes animados ambientados en el universo de The Matrix (hermanas Wachowski, 1999). Durante años, esa escena perteneció al terreno de la ciencia ficción. Hoy, sin embargo, la inteligencia artificial (IA) está en nuestros teléfonos, en las plataformas con las que trabajamos, en los sistemas que organizan información, en la educación, la medicina, la economía, la seguridad y también en la guerra. Sin pedir permiso, ha comenzado a ordenar una parte importante de nuestra vida cotidiana.
Ante este cambio de época, la primera encíclica social del Papa León XIV, Magnifica humanitas (MH), plantea la pregunta ¿qué ocurre con el ser humano cuando los algoritmos empiezan a organizar la realidad?
El documento se coloca en continuidad con Rerum novarum, la encíclica con la que León XIII respondió en 1891 a los desafíos de la Revolución Industrial. Si entonces la Iglesia preguntaba por el lugar del trabajador en la era de las fábricas, hoy se pregunta por el lugar de la persona en la era digital. Como señala la propia encíclica, la Doctrina Social de la Iglesia no es “un conjunto estático de conceptos”, sino un cuerpo vivo de principios, criterios y orientaciones para actuar ante los desafíos de cada tiempo (MH, n. 3).
La manera en que fue presentada públicamente Magnifica humanitas también envió un mensaje. El 25 de mayo, en el Aula del Sínodo, el papa León XIV estuvo presente durante la presentación de la primera encíclica de su pontificado, algo inédito en la presentación pública de un documento magisterial. Como ha señalado Antonio Spadaro, S.J., el Vaticano no reunió solo a teólogos: junto a voces doctrinales y sociales de la Iglesia, convocó también a especialistas en pensamiento social, migración, sur global y tecnología. Entre ellos estuvo Christopher Olah, cofundador de Anthropic e investigador en interpretabilidad de la IA, es decir, en hacer más comprensibles los procesos internos de estos sistemas. La Iglesia no quiere hablar de la tecnología desde fuera, sino dialogar también con quienes la construyen, la estudian y pueden ayudar a hacerla más transparente.
La Iglesia no mira la tecnología como enemiga de la persona, pero tampoco como un avance neutral, “porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza” (MH, n. 9). La IA puede curar, conectar, educar y ayudarnos a cuidar la Casa Común; pero también puede dividir, descartar y generar nuevas injusticias.
Por eso, el Papa no plantea una oposición simplista entre aceptar o rechazar la inteligencia artificial. La verdadera alternativa, dice la encíclica, está “entre construir Babel o reconstruir Jerusalén”. Babel representa la tentación del poder concentrado, la uniformidad, la eficiencia convertida en absoluto y la pretensión de traducir incluso el misterio de la persona en datos y rendimiento, la vanidad de la humanidad como mencionan en Animatrix. Jerusalén, en cambio, representa la reconstrucción paciente de los vínculos, la responsabilidad compartida y el trabajo común para levantar una ciudad más justa y fraterna.
La IA para en todo amar y servir
En el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola propone usar las cosas “tanto cuanto” nos ayudan a alcanzar nuestro fin, y apartarnos de ellas “tanto cuanto” nos lo impiden (EE. EE., n. 23). Desde ese enfoque, se nos invita a usar la IA cuando ayuda a servir mejor, educar, cuidar la vida, proteger a las personas vulnerables y tomar decisiones más justas; pero ponerle límites cuando nos dispersa, nos esclaviza, sustituye vínculos reales o nos aleja de la trascendencia. Desde la espiritualidad ignaciana, la pregunta no es si la IA funciona, sino si nos ayuda a amar y servir mejor.
Pero el desafío no es solo individual. Magnifica humanitas recuerda que el poder tecnológico hoy está muchas veces en manos de “actores privados transnacionales, con recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos, lo que vuelve más difícil discernirlo, gobernarlo y orientarlo hacia el bien común” (MH, n. 5).
Por eso hablar de ética de la IA no es suficiente, pues son necesarias reglas, instituciones, transparencia, evaluación del impacto humano y social, y participación de quienes suelen quedar fuera de las decisiones. Como ha señalado Luis Arriaga, S.J., en entrevistas con medios de comunicación, la encíclica insiste en que la inteligencia artificial “debe estar al servicio de la persona y del bien común, no viceversa, como se está viendo”.
La dignidad humana
En el fondo, Magnifica humanitas nos recuerda que el ser humano no vale por su productividad, su eficiencia ni su capacidad de competir con una máquina. Vale por el simple y magnifico hecho de existir. Vale porque su vida es única, irrepetible y digna. Vale por ser hija e hijo de Dios. Ningún sistema puede calcular el valor de una persona. Ningún algoritmo puede medir la hondura de una conciencia, la memoria de un pueblo, el dolor de una víctima, la esperanza de una madre que busca a su hijo, la ternura de quien cuida, la dignidad de quien trabaja o la fe de quien sigue apostando por la vida.
El documento también nos visibiliza lo que muchas veces permanece oculto. La economía digital no es inmaterial ni mágica: detrás de cada respuesta automatizada hay recursos naturales, infraestructura energética y trabajo humano. El Papa León XIV denuncia el “trabajo silencioso” de millones de personas dedicadas al etiquetado de datos, la moderación de contenidos y el entrenamiento de modelos, muchas veces con remuneraciones mínimas (MH, n. 173).
La encíclica lo dice sin titubeos, en esta era “la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización”, por lo que tenemos el deber urgente de “permanecer profundamente humanos” (MH, n. 15).
La pregunta queda abierta: ¿seguiremos levantando Babel o nos atreveremos a reconstruir Jerusalén?







