—Alfredo Zepeda González, S.J.
Todo el equipo de Radio Huaya y Proyecto Sierra Norte estuvo repartido por las comunidades de la sierra para acompañar la celebración del Carnaval en el pasado fin de semana.
La Fiesta del Juego (Teh’ni) como lo llaman los otomíes es una fiesta prehispánica para celebrar la eclosión de toda la naturaleza y la fertilidad que despierta en la primavera. No es el carnaval del puerto de Veracruz que apenas tiene 80 años, este carnaval se realiza en todas las comunidades de esta sierra de Veracruz e Hidalgo. Los pueblos mesoamericanos la adaptaron a los días del carnaval europeo, cuando la invasión española, para preservar su complejo sistema de cargos en la fiesta.
El carnaval otomí, nahua y tepehua une el cielo con la tierra, complace al Zithú, que los frailes confundieron con el diablo europeo, para que modere su capacidad de agitar los malos vientos e involucra a toda la comunidad en un movimiento interminable.
La fiesta no respeta los límites de la cuaresma. Puede terminar al borde del miércoles de ceniza o alternarse por las comunidades en las semanas siguientes. Tan fuerte es esta fiesta que las comunidades de la sierra no respetaron la orden del gobierno de suprimirla en los años del COVID-19.
Al final de la Teh’ni se realizaba la danza de los voladores, metáfora de las águilas que suben al cielo (ma hetsi) y de los zopilotes que bajan para limpiar la tierra, tal como la describe Clavijero en su Historia Antigua de México y retrata en las láminas del libro. Aún se mantiene en algunas comunidades otomíes y en la mayoría se mudó en el Ritual del Columpio que también simboliza a la humanidad colgada entre el cielo y la tierra. Hoy la danza de los voladores quedo en custodia de los totonacos de la costa del golfo.
El Teh’ni es una fiesta nacida de la milenaria religión otomí y tenek donde el zithú se manifiesta como señor de la tierra universal (ximhoí), mientras que los dioses creadores de la humanidad, del maíz y del agua habitan en los cerros.







