—P. Jaime Emilio González Magaña, S. J.
Para situar el momento en que surgen las Anotaciones del libro de los Ejercicios, creemos conveniente primero, hacer una breve aproximación a los inicios, al origen o génesis del mismo libro para entender las razones que motivaron a Ignacio a incluir esta serie de prescripciones, recomendaciones, sugerencias e indicaciones prácticas tanto a quien da los Ejercicios como a quien los recibe.
Desde la casa-torre de Loyola hasta la Ilustración del Cardoner. Verano de 1521 a verano de 1522.
Los orígenes del libro de los Ejercicios los podemos situar en la misma casa-torre de Loyola cuando Ignacio interiorizó el proceso de conversión que hemos hecho notar en la segunda parte de esta investigación. En esta primera etapa, no sólo hubo fuertes mociones del Espíritu que influirán más tarde en las reglas de la elección, sino que, como resultado de la lectura reposada de los libros del Flos Sanctorum y Vita Christi del Cartujano, Ignacio dedicaba largas horas a la oración y a la contemplación del cielo estrellado. Escribió con tintas de dos colores algunos textos evangélicos, probablemente relacionados con los misterios de Cristo: “las palabras de Cristo de tinta colorada, las de nuestra Señora de tinta azul”[1]. Sus primeras impresiones las pudo haber escrito en estas hojas que llevó consigo a Montserrat y que recogían sus primeros pasos en la vida espiritual y las reminiscencias de sus devociones personales, antes de recibir las gracias del Espíritu de Dios que, según Leturia, contienen los verdaderos gérmenes de los Ejercicios: las meditaciones del Rey Eternal y de las Dos Banderas[2]. Los nacientes ejercicios ignacianos tienen tres notas características que se reflejan en las mencionadas meditaciones: el servicio afectivo y efectivo a Jesús, pobre y paciente a quien se presenta comparándolo con un rey bueno; el deseo de señalarse en ese servicio tal como lo hicieron los grandes santos por quienes Ignacio sentía especial cariño y admiración y, finalmente, ese servicio se iba a ver afectado por espíritus opuestos que desvelaban el tipo de inspiración que los movía: o venían de Dios o del demonio.
En esta primera fase del libro de los Ejercicios, no se aprecian todavía nítidamente las concreciones de un servicio a los hermanos, sino más bien vemos a un caballero que quiere realizar grandes hazañas emulando a sus parientes y héroes de su tiempo, pero con crecientes matizaciones de “caballero a lo divino”. Fue en Montserrat donde Iñigo complementó sus escritos con nuevas anotaciones que trataban precisamente de la vía purgativa, totalmente acordes con sus deseos de peregrino penitente que necesitaba purgar sus pecados por medio de la oración y la penitencia. El impacto de la oración benedictina, las palabras y consejos de su confesor Chanones, el ambiente mismo del monasterio, término de peregrinaciones de penitentes, llevaron al peregrino a anotarlas “en su libro que llevaba él muy guardado, y con que iba muy consolado”[3].
En esta primera fase, todo parece indicar que los orígenes del pequeño libro ignaciano se vieron influenciados por el “Ejercitatorio” de Fray García de Cisneros, sin embargo, no está del todo definida la posible influencia que pudo recibir del “Breve Compendio de Ejercicios Espirituales” que los monjes benedictinos proporcionaban a los sencillos peregrinos que deseaban prepararse adecuadamente para una buena confesión. Las penitencias exteriores de los primeros meses manresanos no lograron sacar a Iñigo de su “rudeza y grueso ingenio”. No tenía todavía ningún ideal apostólico definido y siguió escribiendo en sus notas de Loyola. Como ya mencionamos en el capítulo segundo de la parte segunda, fue entonces cuando lo atacaron duramente los escrúpulos y tentaciones sobre su consuelo espiritual. Según nos cuenta Laínez en 1547, no fue sino “acabo de quatro meses”[4], es decir, hasta fines de julio o principios de agosto de 1522, después de una preparación inconsciente e imperfecta en que las luces superiores comenzaron dando con ello una nueva comprensión del Ejercitatorio de Cisneros y de los inicios de su conversión en tierras guipuzcoanas.
Después de la Ilustración del Cardoner: De 1521 a 1522.
Una segunda etapa en la génesis del libro, que podría llamarse de composición fundamental, la encontramos después de la ilustración del Cardoner que completó de una forma maravillosa la influencia que para toda la vida había de dejar el libro de la Imitación de Cristo, a tal grado que lo prefirió sobre muchos otros libros hasta su muerte[5]. Influyeron también, desde luego la lectura del Nuevo Testamento y el libro de las Horas[6] pero, ante todo, influyeron en él los regalos que le vinieron de lo alto y entonces “despertó como de un sueño. Y como ya tenía alguna experiencia de la diversidad de espíritus con las liciones que Dios le había dado…”[7] comenzó a salir de su estado de escrúpulos en el que se encontraba.
La ilustración del Cardoner dio a Ignacio una magnífica visión de la vida espiritual, una hondura e intensidad, una fuerza sintetizadora y orgánica que no le darían ni los estudios ni todas las restantes experiencias que tuvo durante toda su vida. Aprendió con gran discreción la influencia de los espíritus buenos y malos y adquirió un mayor conocimiento de sí y de su vida pasada. Ignacio cambió y desde entonces vio su vida de una forma totalmente nueva e integrada. A partir de ella el hombre en camino de profundizar su conversión, meditará en los misterios de la vida de Cristo con una luz y una comprensión diferentes, estará más sensible al reconocimiento de las diferentes clases de espíritus que en el ánima se mueven y podrá percibir más certeramente los efectos de la oración. Gracias a ella y antes de escribir los Ejercicios, Iñigo hará sus propios ejercicios y los experimentará en sí mismo[8]. Por la trascendencia de sus efectos, podrá comunicarlos a otros con la misma intensidad y novedad, con el deseo de facilitarles el propio camino de conversión y acceso a Dios. Esta segunda etapa del libro de los Ejercicios es precisamente aquella en la que el santo los hizo, los experimentó por sí mismo y clarificó una serie de procesos interiores para llegar al conocimiento de la voluntad de Dios.
La etapa posterior a la Ilustración del Cardoner, contiene el núcleo de los Ejercicios. Cristo, contemplado ahora por Iñigo de Loyola no era ya el rey digno de ser imitado como lo hicieron los santos. Estamos ya ante una etapa con matices claramente apostólicos en la que Ignacio contemplaba a Jesucristo, como un rey viviente, como al Rey del universo, plenamente activo, como alguien que invitaba a sus amigos a seguirle y colaborar con El en la construcción del reino de su Padre. Fue en este ambiente cuando Iñigo comenzó a intuir el seguimiento y no sólo la imitación. Fue entonces cuando comenzó a pensar en la posibilidad de dar los Ejercicios a otras personas para compartir con ellas su deseo de un apostolado universal[9]. Como una manera de ayudarse, comenzó a escribir un libro que, según parece, era diferente a las notas que había iniciado en Loyola aunque aprovechó éstas y quizá las integró en la nueva redacción de su experiencia mística y vital. La diferencia entre las dos redacciones era que en la primera escribía Iñigo para sí mismo. Era el recuerdo de un hombre que estaba transformándose, pero sin luz interior; era el testimonio de un hombre que iniciaba una conversión todavía sin purificar del todo. Y, aunque todavía con destellos de los caballeros empeñados en lograr fama y prestigio, Iñigo era ya un hombre que presentaba matices del todo diferentes, que comenzaba a optar conscientemente por caminos nuevos. Era el mismo Iñigo y, no obstante, era ya muy diferente y veía su mundo de manera muy distinta.
La segunda redacción, en cambio, estaba influenciada e inspirada por la experiencia mística del Cardoner y con un claro ideal apostólico. De las notas de Loyola, base de la primera redacción no tenemos noticia. La segunda sirvió de base para las correcciones subsecuentes y la incorporación de nuevos apuntes, como nos lo comunicó Polanco en su Sumario Castellano cuando decía que:
… entre otras cosas que le enseñó aquel qui docet homines scientias en este año, fueron las meditaciones que llamamos ejercicios espirituales y el modo de ellas, bien que después el uso y experiencia de muchas cosas le hizo más perfeccionar su primera invención que como mucho labraron en su ánima mesma, así el deseaba con ellas ayudar a otras personas[10].
Esta segunda redacción presentaba varios esquemas de orden apostólico que comienza a poner en práctica en su viaje a Jerusalén.
El ansia de vestirse de las humillaciones de Cristo la va comunicando a las personas con quien trata, y la actúa de modo insuperable en los voluntarios oprobios y desprecios del viaje de ida y vuelta a Palestina; el deseo de ayudar a las almas le hace abandonar los extremos semiselváticos de su penitencia, reñidos con la vida social, aunque no se desprenda hasta más tarde de sus últimos resabios[11].
La redacción de Manresa la llevaría siempre consigo como fruto del maravilloso regalo recibido que la divinidad le hiciera en el Cardoner como fueron los principios de su ascética, un enorme celo apostólico por las almas, los gérmenes societarios de misión y de reforma. El Cardoner le ayudó a transformar las meditaciones claves del Reino y las Banderas y a dejar las semillas de lo que sería en un futuro la Compañía de Jesús. Esta redacción le ayudó en sus inicios como acompañante espiritual y ejercitador, cuando ayudaba a muchas personas a salir de sus pecados por medio del arrepentimiento, a elegir ordenadamente no sólo su estado de vida sino cualquier cosa que los pudiese acercar al amor divino y les enseñaba también varios modos de orar[12].
Desde Barcelona hasta París. De 1524 a 1531
Una tercera etapa en el proceso de formación del libro de los Ejercicios fue de perfeccionamiento y complemento. Surgió a partir de las experiencias en Barcelona, en 1524 y se cerró después de los años parisinos, hacia 1534[13]. Los complementos y ajustes iban a ser realizados sobre un texto definido con un cuerpo determinado que los jueces examinan, califican, lo hacen copiar[14]. Tenemos un texto latino llamado “versio prima” que nos da a conocer el estado del texto en 1534[15]. Comparando esta versión con los aportes de Polanco y Nadal, se encuentran piezas nuevas de importancia, una nueva estructura literaria del libro y un apéndice. Entre las piezas nuevas, lo más notable es lo que se refiere a la elección. Los Binarios, meditación central en el conjunto del libro, nos recuerda el lenguaje de los dialécticos y sumulistas para significar el compuesto humano de alma y cuerpo y que por sí mismo nos remite a la estancia ignaciana en la Universidad de París. Ignacio aprovechaba toda oportunidad y cualquier circunstancia para enriquecer el regalo divino y para hacerlo accesible a un mundo más amplio. Ya no eran sólo los estudiantes y mujeres sencillas de Alcalá quienes estaban en la mente de aquél hombre, sino el mundo académico, letrado, inaccesible y confuso del mundo de París.
El Principio y Fundamento, por su parte, parece resumir la vivencia mística de la ilustración del Cardoner que llevaba, por supuesto, en el fondo de su experiencia manresana. Sin embargo, todo parece indicar que como cuerpo literario fue compuesto más tarde pues es diferente a otras meditaciones y su texto es más intelectual, de estilo escolástico. Polanco no lo nombra cuando hace mención de los Ejercicios de Manresa, en cambio, sí lo hace con la Contemplación para alcanzar Amor lo que hace suponer que fue puesto por Ignacio como una llave al inicio de los Ejercicios para que nos ayude a pensar en Dios como nuestro único absoluto, fin de nuestra existencia como lo expresa en el Directorio dictado al P. Vitoria, cuando dice: “para que sintáis la difficultad que ay en usar indifferentemente de los medios que Dios nuestro Señor nos ha dado, para que podamos conseguir el fin para que nos crió: y para que conociendo esto os pongáis totalmente en sus manos, pues aquí está el fundamento de que hallemos lo que desseamos”[16]. Lo más probable es que no fue pensada como una meditación propiamente dicha, sino como soberbia introducción a lo que ha de ser el conjunto de meditaciones. Codina, en cambio, sostiene que aunque Polanco no mencione el Principio y Fundamento, no se puede dudar que haya estado presente en el cuerpo de los Ejercicios ya desde Manresa[17]. La redacción, el estilo denso y un tanto diferente del resto de los Ejercicios nos hace pensar que, efectivamente, el Principio y Fundamento fue escrito en la tercera etapa de la redacción del libro pues es manifiesta la influencia que los estudios filosóficos pudieron tener en Ignacio y esto fue, por supuesto después de Alcalá y durante su estancia en la Universidad de París.
Nadal parece estar de acuerdo en esta tercera etapa de redacción y menciona que Ignacio realizó una segunda composición literaria del texto de los Ejercicios[18] en la que añadió piezas nuevas, dando nueva forma a sus apuntes anteriores y esto sucedió en París motivado por la necesidad de dar su libro a otros directores de Ejercicios como Fabro, Laínez o Francisco Javier en quienes confiaba plenamente para los efectos multiplicadores que pretendía con su obra[19]. Esta sería la última etapa en la génesis del libro de los Ejercicios en la que se añadieron correcciones al texto con la intención de que fuese accesible a quienes serían nuevos acompañantes. Si las redacciones de Loyola y Manresa fueron para ayudarse a sí mismo, primero como un modo de devoción personal y luego como director de Ejercicios, esta tercera redacción le sirvió en la formación de otros directores.
A la salida de Ignacio para España, en abril de 1535, la primitiva traducción latina de los Ejercicios comprendía casi todo el libro, especialmente las piezas maestras por lo que se ha afirmado que se debe a París:
la refundición de los Misterios de la vida de Cristo, la composición de las Reglas de discreción de espíritus y Distribución de limosnas, una revisión de todo lo referente a la Elección, en fin añadiduras notables como las Adiciones, bastantes Anotaciones, el Fundamento, los Tres Binarios, los Tres grados de humildad y la Contemplación del amor, sea entera, sea en parte[20].
De acuerdo con lo anterior, lo que hemos llamado tercera “redacción” quedó prácticamente terminada en París y fue la expresión escrita de los distintos estadios por los que pasó Iñigo de Loyola en su conversión. Fue también un reflejo de los estudios que había llevado a cabo desde Alcalá pero que fue en París donde adquirieron mayor consistencia. También fue en la época de París donde quedaron redactadas las Reglas para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener, como una respuesta ante los embates protestantes de Alemania y de una parte de Francia y los peligros del humanismo devoto de Erasmo. Ignacio no tocó el texto ni la estructura de sus Ejercicios, simplemente añadió las Reglas que no fueron “reglas de laboratorio. Están previamente vividas y experimentadas, a veces incluso con dolor. Son como una reflexión teológica. Por eso, a la vez, las podemos leer en el librito de los Ejercicios y en la vida de Ignacio y sus compañeros, allá cuando nacía, con ellas, la Compañía de Jesús”[21]. El conjunto de las Reglas, traza un programa de restauración católica y, aunque brotan de los Ejercicios, estructuralmente, en cierto sentido están fuera de ellos[22].
Venecia, Vicenza y Roma. De 1536 a 1540
Sobre la hipótesis de que Ignacio realizó una revisión general del libro en los primeros años de Roma, entre 1537 y 1541, se inclina Larrañaga[23] y se apoya en el texto de Nadal en su Apología de los Ejercicios en donde contrapone la experiencia de Manresa y la de “teólogo consumado” en Roma, con el siguiente texto:
Post consummata studia congessit delibationes illas Exercitiorum primas, addidit multa, digessit omnia, dedit examinanda et iudicanda Sedi Apostolicae… Ignatius libros adhibuit totamque rationem theologiae consuluit, saltem ubi illa edere constituit Exercitia, ut quae exceperat ex divina potius inspiratione quam e libris, libri omnes, theologi, Sacrae omnes Litterae confirmarent[24].
De 1536 a 1540 se pueden mencionar algunas añadiduras y correcciones, seguramente obligadas por la práctica que llevaba a cabo Ignacio en Venecia y, más tarde en la Curia romana. De esas correcciones nos han dado cuenta, por un lado Francisco de Estrada cuando, en junio de 1539 escribía a Ignacio desde Montepulciano y le decía: “habiendo yo de quedar aquí, me enbiarán sin faltar las reglas de discretione spirituum y de tentationes con todas esotras reglas de exercitios, y esto sin faltar”[25]. Esta petición de Estrada obedecía, probablemente, al hecho de que Fabro estaba colaborando en la traducción de los Ejercicios en Vicenza y Roma pero tuvo que salir hacia Parma con Laínez y cesó la traducción de la parte nueva de los Ejercicios en la 1ª y 2ª regla de discreción de espíritus, haciendo necesaria la intervención de un nuevo traductor.
Tres meses después, Estrada volvió a insistir desde Siena, el 25 de septiembre de 1539 con las siguientes palabras: “por otras lettras he scripto que me embiasen las reglas de 1ª, 2ª y 3º semana de los Exerçitios y otras cosas nuevas, si se han adjunto. Forte pensando que yo iria allá no se han curado [de enviármelas]: agora que no habrá esta escusa, in Domino les ruego me las quieran enbiar sin dilation por la via de Sena”[26]. Cuando mencionaba “esotras reglas de exercitios”, probablemente se estaba refiriendo a las Reglas de discreción de espíritus de la primera y segunda semana, a las Notas para sentir y entender escrúpulos y a las Reglas para ordenarse en el comer.
Asimismo, existen dos testimonios más que nos mencionan una probable revisión romana. El primero de ellos es de Pedro Fabro y consiste en una carta escrita desde Brescia a Pedro Codacio y Francisco Javier, el 7 de abril de 1540 y en la que menciona el texto de los Ejercicios que se había presentado al vicario general, doctor Aníbal, en los siguientes términos:
El vicario general desta çiudad es muy buena persona, y quier mucho bien á micer Françesco Estrada; es el Dr. Hanníbal, al qual fueron presentados los exerçiçios por varias manos y varios modos, y al presente (non obstantes los tractos que le dieron aquel D. Diego que está en el çielo, y aquel que está en Roma) él está bien con ellos, ni se acuerda más de aquellos synsabores, que le fueron dados en Veneçia…[27].
Parece que fueron Claudio Jayo y Francisco de Estrada quienes le presentaron al vicario general el texto de los Ejercicios pues por esas fechas se encontraban de misión en Brescia. Otro testimonio lo hemos conocido por una carta que escribía Francisco Javier el 26 de julio de 1540 en la que mencionaba que: “los exercycyos pidió el Rey con desseo de verlos: si vn traslado de los correptos jnbjássedes, paresciendos, también Su Alteza holgara de verlos, segunt está muy byen con toda la Compannja; y paresce que todos los servicyos le debemos por el amor crescydo que nos tyene”[28]. Probablemente la redacción a que se refería Javier fue la última revisada por Ignacio y que para esa fecha no estaba del todo concluida ya que se supone que su revisión terminó en mayo de 1541, precisamente cuando Ignacio anotaba en la Versio Prima la referencia de “Todos Ejercicios breviter en latín” que hemos de mencionar más adelante.
Cuando los compañeros se ordenaron en Venecia, en 1537 y dijeron sus primeras Misas en Vicenza, excepto Ignacio, esperaban el plazo convenido para viajar a Jerusalén y, mientras tanto, “determinaron de repartirse por algunas universidades de Italia, por probar si sería Dios servido de mover algunos estudiantes a su instituto. Partiéronse para este efecto de Vicentia al principio del invierno… Mº Iñigo y Mº Fabro y Mº Laynez vinieron a Roma…”[29]. A principios de diciembre comenzaron a habitar en la casa de Trinità dei Monti en donde Ignacio pudo seguramente revisar a fondo sus Ejercicios “una vez terminados sus estudios”, según lo comenta Nadal. La creciente actividad en el ministerio de dar los Ejercicios que se dio cuando los compañeros se reunieron nuevamente después de pascua de 1538 los obligó a elaborar la segunda acomodación que les permitiera dar a todos los Ejercicios completos y que es la que consta en la copia de Colonia. La labor que se realizó entonces fue la de traducción del texto que incluía:
las cuatro semanas completas con las reglas para ordenarse en el comer, contenía el Principio y Fundamento retocado, los Misterios de la vida de Cristo con las notas que a ellos hacen referencia y las Anotaciones en su propio lugar, al principio del texto, excepto la añadidura a la 18 para los ejercitantes poco capaces, todo traducido por Fabro, y, por fin, las cinco primeras Reglas de discreción de espíritus, las dos primeras traducidas y las otras retocadas también por Fabro, las cuales pasaron por la tarea del ‘elaborador’. La acomodación que no incluyó los misterios, hubo de realizarse antes de que Ignacio redactase la añadidura dicha a la Anotación 18, la ampliación de las razones por las que es más concedido a los perfectos jurar por la criatura, y la observación sobre las comendaciones de los superiores, que no constan todavía en la acomodación, piezas que san Ignacio pudo redactar y Fabro traducir antes de su partida de Roma a Parma. Por lo mismo tal acomodación ha de ser anterior a mayo o junio de 1539[30]
En la petición que hacía Estrada de “esotras reglas de los Ejercicios” y “otras cosas nuevas, si se han adjunto”, es muy posible que se estuviera aludiendo a las Reglas para distribuir limosnas y para sentir con la Iglesia que Ignacio redactó entre 1539 y 1540, que tuvo que traducir Salmerón en latín en ausencia de Fabro y que añadieron después a la nueva acomodación. Las cinco últimas reglas para sentir con la Iglesia faltaban en la redacción del texto que dejó Fabro en Colonia y fueron completadas después tomándolas de la Vulgata. Esto puede significar que estas reglas se redactaron posteriormente a las anteriores, y que no existían todavía cuando se completó la acomodación con los documentos posteriores a la partida de Fabro. Es muy probable que el mismo Estrada haya finalmente conseguido llevar consigo una copia de este texto de los Ejercicios cuando salió de Roma para realizar sus estudios en París hacia finales de 1540 y que usó en los Ejercicios que dio con Fabro en Lovaina, en 1543.
[1]MI., FN, I, 376.
[2]Leturia (1941), 20.
[3]MHSI., FN., I, 388; EN., IV, 826.
[4]Leturia (1925), 62 y (1941), 52.
[5]MHSI., Sc., I, 200.
[6]Cf. Leturia (1948a).
[7]MHSI., FN., I, 398.
[8]MHSI., PCh., I, 20.
[9]MHSI., Sc., I, 97.
[10]Polanco. Sumario Castellano ca. 1548. Leturia (1925), 63 y (1948a), 53.
[11]Leturia (1948a), 28.
[12]MHSI., PCh., I, 21, 25.
[13]Watrigant (1897), 69-71.
[14]Codina (1926), 133-147; 245-262.
[15]MI., Ex., I, 160 ss. y 222-563, 3ª columna.
[16]MI., Dex., 101.
[17]Codina (1926), 45-46.
[18]MHSI., EN, IV, 825-826.
[19]MHSI., MB., 456.
[20]Pinard de la Boullaye (1950), 19-20.
[21]Corella (1996), 49.
[22]Ruíz Jurado dice que habría que adelantar la época de composición de las reglas 2ª a la 9ª pues, en su opinión, pertenecen ya a la época manresana de Ignacio. De París, sería el resto de las Reglas. Cf. Ruíz Jurado (1991), 213-223.
[23]Larrañaga (1956), 142.
[24]MHSI., EN., IV, 826.
[25]MHSI., EM, I, 22.
[26]MHSI., EM., I, 29.
[27]MHSI., FM., 26-27.
[28]MHSI., MX., I, 220.
[29]MHSI., FN., I, 191.
[30]Leturia (1962), 96-97.







