El jesuita Francisco Xavier Clavigero acuñó el término «mexicano».

Oct 12, 2022 | Jesuitas México

25 de junio de 1767. Los jesuitas recluidos en la capilla del Colegio de Santo Tomás, en Guadalajara, salen por una puerta lateral hacia lo que hoy se conoce como la calle Pedro Moreno. Van con rumbo al puerto de Veracruz, pero su destino final está todavía muy lejos. Debido al decreto del rey Carlos III, todos los integrantes de la Compañía de Jesús deben abandonar los territorios de la corona española. Los religiosos exiliados tienen por destino los Estados Pontificios. En el grupo de los jesuitas que tuvieron que abandonar el colegio de Guadalajara se encuentra Francisco Javier Clavigero. No lo sabe todavía, pero el jesuita está por vivir una experiencia que influirá en su trabajo y le granjeará un importante lugar en la historia de México. 

“Lo que detona la que llegaría a ser su obra más famosa, Historia Antigua de México, es llegar a Europa y conocer la visión que tienen algunos intelectuales europeos sobre América y sus habitantes. Tienen una concepción torcida en la que incluso minusvaloran, rebajan la dignidad y las capacidades de los habitantes y del propio territorio americano, una imagen terrible”, explica Arturo Reynoso, SJ, quien califica a Clavigero como “un personaje fascinante, una figura fundamental en el devenir histórico del país”. 

México lindo y querido 

 

Francisco Javier Clavigero nació el 9 de septiembre de 1731 en el puerto de Veracruz, en el virreinato de la Nueva España. Lejos estaba todavía el nacimiento de México como país, que ocurriría en septiembre de 1821. Hijo de padres españoles, Clavigero era lo que, en ese entonces, cuando la sociedad estaba organizada por castas, se conocía como un criollo, es decir, una persona nacida en la Nueva España e hijo de peninsulares.  

Estudió en el Colegio de San Jerónimo en Puebla, primero, y en el de San Ignacio, después. En 1748 ingresó al colegio jesuita de Tepotzotlán, en el hoy Estado de México, y en 1754 fue ordenado sacerdote. En 1758 fue enviado al Colegio de San Gregorio, en la capital mexicana, donde se educaba a la población indígena. También enseñó en los colegios de San Francisco Javier, en Puebla, y el de Valladolid, hoy Morelia. En cada una de sus estancias se mantuvo fiel a su trabajo entre los pueblos indígenas. En 1766 fue asignado al Colegio de Santo Tomás, en Guadalajara, y estuvo solo un año, porque de ahí partió rumbo al exilio. 

A pesar de sus orígenes españoles, Clavigero, dice Arturo Reynoso, SJ, “adoptó a los antiguos mexicanos como sus abuelos, siendo él criollo. Siempre tuvo sensibilidad hacia los distintos grupos con los que convivió desde niño y esta sensibilidad se mantuvo en su deseo de servicio. Fue un apasionado de las artes mexicanas, dominó el náhuatl, descubrió el valor civilizatorio de los diferentes grupos indígenas del país, específicamente el de los mexicas. Su deseo de conocimiento lo llevó a recuperar y a sistematizar toda la riqueza del pasado”. 

Si muero lejos de ti 

 

Tras abandonar el país por el decreto de Carlos III, Francisco Javier Clavigero llegó a Bolonia en 1770, donde se instaló de forma permanente. Ahí tuvo contacto con las ideas desfavorables que tenían los intelectuales europeos sobre el Nuevo Continente y, como respuesta, dio forma a la que sería una de sus obras más reconocidas: la Historia Antigua de México, un libro que “es una aportación fundamental. Realizó una sistematización que vino a dar soporte histórico a una nación que tiene muchos rostros”, explica el padre Reynoso. El también jesuita y experto en la historia de la Compañía, añade que si bien la expulsión de los jesuitas fue importante para que Clavigero conociera de primera mano las ideas que circulaban en Europa y comenzara a escribir su Historia Antigua de México, es muy probable que hubiera realizado la obra de cualquier manera. “Lo habría escrito tarde o temprano porque el flujo de obra, el intercambio de ideas, era constante entre el Nuevo y el Viejo Continente. Seguramente se habría enterado. Lo que sí pasó es que en el exilio le fue más difícil el trabajo, lejos de sus materiales, de sus bibliotecas”. 

Lo que hizo Clavigero en Historia Antigua de México fue presentar de manera global y esquematizada una historia que hasta entonces estaba fragmentada. Arturo Reynoso explica que, si bien México como nación no surgiría sino muchos años después, lo que hizo Clavigero fue “reivindicar a quienes les costaba trabajo tener cómo hacerse escuchar. Él dice que le hubiera resultado más fácil defender la causa de los criollos, pero en lugar de eso se hace llamar mexicano”. El valor de su obra, remata Reynoso, tiene que ver con que dio “un fundamento histórico-teórico a la nación mexicana. Más que exaltar su condición criolla, redignificó la integración entre lo indígena y lo español”. 

Que me traigan aquí 

 

Francisco Javier Clavigero murió el 2 de abril de 1787 en Bolonia. Cuando murió, lejos de mejorar, la situación de los jesuitas había empeorado: además de la expulsión de los territorios de la corona española, la orden religiosa fue suprimida en 1773 por el papa Clemente XIV. La restauración de la Compañía de Jesús vendría hasta 1814. En ese año, México ya había comenzado su largo andar camino a su Independencia. 

Arturo Reynoso, SJ, es profesor del ITESO y especialista en historia de la Compañía de Jesús. Foto Luis Ponciano

Para Arturo Reynoso, SJ, a pesar del reconocimiento que se le da a Clavigero como historiador y a la importancia de su obra, “falta mucho conocer su legado, fue un hombre polígrafo que abarcó varios temas con erudición”. Añade que para la Compañía de Jesús se trata de una obra de gran valor y destaca el hecho de que Clavigero es admirado y respetado. Menciona, por ejemplo, que en Guadalajara hay un espacio que lleva su nombre, la Casa ITESO Clavigero. “Es un privilegio contar con estos personajes y debemos aprovechar lo que han producido”, remata el historiador jesuita.  

Los restos mortales de Francisco Javier Clavigero reposan en Ciudad de México, en la Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón de Dolores, donde se depositaron luego de que fueran repatriados desde Bolonia, Italia, el 6 de agosto de 1970. Ese día, Agustín Yáñez calificó a Clavigero como “constructor eminente de nuestra nacionalidad”. 

Fuente: cruce.iteso.mx

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