Homilía. Clausura del Año Ignaciano

Jul 31, 2022 | Jesuitas México, Jesuitas Mundo, Noticias

A los pies de Nuestra Señora de Guadalupe, a quien tenemos como Madre Nuestra y Madre de Nuestra Patria, con esta celebración damos por clausurado el Año Ignaciano, motivado por los 500 años de la conversión de San Ignacio y los 400 de su canonización, junto con San Francisco Javier, Santa Teresa de Jesús, San Isidro Labrador y San Felipe Neri.

 

Estos catorce meses han sido un tiempo privilegiado de reencuentro, de trabajo conjunto, de volver a las fuentes de nuestra identidad, de construcción… hemos sido testigos de la generosidad con la que jesuitas, colaboradores laicos y laicas de nuestras obras y muchas otras personas que amistan con la espiritualidad ignaciana, han trabajado por sacar adelante estos festejos desde los diferentes sectores apostólicos de la Provincia.

 

No obstante, el Año Ignaciano estuvo enmarcado por dos acontecimientos, que no están separados uno del otro. El primero, la aprobación, por parte del Padre General Arturo Sosa del Proyecto Común de Provincia. El segundo acontecimiento, el martirio de nuestros hermanos Joaquín Mora y Javier Campos en la Sierra Tarahumara, lo que representó para los jesuitas gran dolor, pero también esperanza (donde abundó el pecado sobreabundo la gracia). Agradezco, de antemano, todas las muestras de solidaridad y apoyo en esos momentos difíciles.

 

La muerte violenta de nuestros hermanos Jesuitas nos remite a un sufrimiento que se vive en todo el territorio mexicano. Tanto en lo individual como en lo social, venimos experimentando, desde hace años, una sensación de desprotección, corrupción, violencia e impunidad… los asesinatos de Joaquín, Javier, Pedro Palma, Paul Osvaldo, y días después la Dra. Massiel Mexía (en Tarahumara), no son acontecimientos aislados, solamente ejemplifican la violencia sistemática que existe en el País.

 

Se trata de una violencia que tiene su origen en el pecado estructural, es decir, en las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales cuya lógica y estrategia propician la desigualdad, la opresión, el sufrimiento, el desencuentro y la ruptura de las relaciones sociales. Más aún, son estructuras que atentan contra la dignidad de las personas y ante esto, ya no podemos permanecer impávidos. Decía Martin Luther King, “la única normalidad que aceptaría, es la normalidad que reconoce la dignidad y el valor de todos los hijos de Dios”.

 

Y siguiendo el legado de mis hermanos Javier y Joaquín, quienes murieron como vivieron, sirviendo a los más pobres y vulnerables; hoy la Compañía de Jesús en México se compromete, delante de Nuestra Señora La Virgen María, a buscar la justicia, la paz y la reconciliación, allá donde estamos, para las miles de víctimas de la violencia lacerante.

 

En consonancia con esto, el Padre General en su carta para convocar al Año Ignaciano, nos invitó a poner los medios para la conversión, para dejar actuar en nosotros al Espíritu del Señor, que desea renovarnos y así, llegar a Ver nuevas todas las cosas en Cristo. Es decir, para reconocer, asimilar, asumir y transformar el verdadero sentido de nuestra vida y, con ello, el bien común de la sociedad y el cuidado y bienestar de las Creaturas.

 

Sin embargo, para “llegar a ver nuevas todas las cosas en Cristo, no sólo es necesaria una conversión personal, sino también comunitaria y de las instituciones. Mientras esto no suceda en nuestro país y entre los cristianos, todo seguirá igual. Necesitamos ver todas las cosas nuevas en Cristo, y ello significa mirarlo a él en todo y en todos, actuando y haciendo redención del género humano. Dejando atrás el individualismo y la polarización, para mirarnos desde nuestras diferencias y coincidencias con empatía, en un solo cuerpo, en un solo México.

 

Las lecturas que acabamos de escuchar nos ayudan a entender y preguntarnos si hemos puesto los medios para avanzar en nuestra conversión: ¿En dónde está puesta nuestra seguridad y confianza? ¿Hemos apostado a lo que perdura o más bien al poseer, al prestigio, al éxito, al poder como ostentación de la fuerza? ¿En qué vamos gastando nuestras vidas, en cosas vanas, que se acaban, se apolillan? ¿De qué ataduras nos hemos liberado, aunque sea un poco?

 

Y es que, una prueba irrevocable de verdadera y auténtica conversión es una mirada que está más allá de nosotros mismos. Como diría San Ignacio, de “nuestro propio amor, querer e interés”; una mirada más bien al modo de como Dios contempla el mundo, a las personas, la sociedad y las criaturas.

 

Por ello, el fruto de esta conversión tiene que ver con el cuidado y el respeto por los demás y por la creación, el servicio solidario y la búsqueda y construcción de paz y justicia.

 

Esta mirada nueva que brota del amor, querer e interés de Dios es la que llevó a Joaquín y a Javier a entregar día a día su vida por el bien del Pueblo Rarámuri y de otros pueblos, confiando en que Dios sigue trabajando la redención de la humanidad y que a ellos correspondía colaborar con el proyecto de Dios, en la construcción de una mesa común para todos.  Esa es la razón por la que tanto le gustaba a Javier Campos el canto que dice: “Y habrá un día en que todos, al levantar la vista veremos una tierra de paz y libertad”.

 

Y es el deseo de conversión – como jesuitas, comunidades y Obras encomendadas a la Compañía – y de llegar a ver nuevas todas las cosas en Cristo, es lo que nos llevó a construir el Proyecto Común de Provincia, aprobado semanas atrás por el Padre General.

 

Es un Proyecto que nos genera ilusión y, al mismo tiempo, deseo de ser esperanza para las personas de los lugares donde está la Compañía y para todo México. Con él queremos dar respuesta a la realidad de la propia Provincia, a los clamores de nuestros pueblos y de la Casa Común que Dios quiere atender.

 

Conscientes del sufrimiento y de los miles de crucificados de nuestra época, consideramos como prioridades rectoras la atención del sujeto apostólico y la necesidad de ordenarnos para responder a los grandes retos de México y el Mundo. Queremos ser signo de esperanza y reconciliación cristiana en “un mundo fragmentado y dividido” (CG 35, D. 3, n 43) y, en el caso de México, de un país donde empieza a imperar la posverdad -distorsión, manipulación- de la realidad y la polarización que nos divide como hermanos. Asumamos juntos-juntas los grandes problemas que nos aquejan como país.

 

Creemos que el Proyecto Común de Provincia es esperanzador porque, parafraseando al P. Teilhard de Chardin[1], jesuita profundamente marcado por la espiritualidad ignaciana, nos señala un rumbo que tiene que ver, primeramente, con la ordenación de nuestro corazón, el de las comunidades e instituciones; segundo, por el deseo de acuerparnos, no sólo los jesuitas sino también con quienes colaboran con nosotros, con otros grupos de Iglesia, con gobiernos y otras personas e instituciones, pues reconocemos que solos no podemos, que el trabajo se ha de hacer unidos a otros y otras; que de manera aislada es imposible todo intento por continuar la misión encomendada.

 

Y, por último, por un deseo de subordinar nuestra vida, nuestro ser y quehacer a quien nos llamó: Jesús, Rey Eternal, en quien ponemos nuestra esperanza.

 

Este compromiso que hoy hacemos como Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, ante Nuestra Madre de Guadalupe, nos viene a confirmar con las palabras que el Papa Francisco nos envió a los jesuitas de México y, por ende, a cada hombre y mujer que buscan “mirar nuevas todas las cosas en Cristo”.  El mensaje dice: “No tengan miedo, echen para delante, el miedo nos hace echarnos para atrás, echen para delante, no tengan miedo”.

 

Finalmente, unidos la CIRM, el Episcopado Mexicano y la Compañía de Jesús en estas jornadas de oración nacional, hoy toca pedir por los victimarios. Le pedimos a María de Guadalupe que toque el corazón a los miembros de las bandas delictivas, a los delincuentes, a los políticos corruptos que solo buscan el poder, a los miembros de la Iglesia Católica que damos mal testimonio, a la sociedad dormida que solo busca su bienestar y satisfacción personal. Hoy pedimos por todos ellos.

 

Pero también pedimos que la sangre de nuestros hermanos Joaquín y Javier sea semilla de esperanza para nuestra Provincia y para México, que nos ayude a construir puentes y favorecer un diálogo social. Pedimos a Nuestra Señora de Guadalupe que nos siga poniendo junto al Hijo, y al Rey Eternal que envíe al Espíritu de unidad para que fortalezca nuestra identidad en Cristo y lleguemos a ser referentes de esperanza y reconciliación cristianas. Así sea.

Luis Gerardo Moro Madrid, S.J.
Prepósito Provincial


 

[1] La frase original dice: “la verdadera alegría nos espera en una dirección que puede señalarse así: Primero, a través de la ordenación de nosotros mismos en nuestro corazón; segundo, por la unión de nuestro ser con otros seres, con nuestros iguales; tercero, por la subordinación de nuestra vida a otra vida mayor que la nuestra.” (Reflexions sur le bonheur, París, 1960, citado por Ladislaus Boros, Decisión Liberadora, p. 87)

 

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