Aprendamos el “modo y orden” de los Ejercicios Espirituales

Ene 1, 2026 | Noticias

— P. Jaime Emilio González Magaña, S. I.

Una de las Preferencias Apostólicas Universales de la Compañía de Jesús para los años 2019-2029 afirma que:

 

Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola constituyen un instrumento privilegiado para hacer presente al Señor Jesús, su vida y obra, en la diversidad de contextos sociales del mundo actual. Por tanto, nos proponemos vivir más a fondo los Ejercicios Espirituales de modo tal que nos lleven al encuentro personal y comunitario con Cristo y nos transformen[1]. Al mismo tiempo nos proponemos ofrecer los Ejercicios Espirituales en todas las modalidades posibles, abriendo a muchas personas, sobre todo jóvenes, la oportunidad de servirse de ellos para entrar o avanzar en el seguimiento de Cristo. Vivir los Ejercicios Espirituales y la espiritualidad que se deriva de ellos es nuestro modo preferencial de mostrar el camino hacia Dios a través del compromiso con la misión redentora de Jesucristo en la historia.

 

Por supuesto que estoy completamente de acuerdo en lo que se proclama, es más, creo que a pesar de la importancia con la que ha sido declarada, no le hemos dado todavía el valor que merece. Precisamente porque estoy completamente persuadido que tendríamos que insistir mucho más en esta verdad, debemos asumir con humildad -pero no con menos realismo-, que la práctica de los Ejercicios Espirituales en nuestros días sigue presentando una doble problemática: por una parte, nos encontramos ante la falta de preparación del sujeto que los hace. Más aún, en ocasiones, los Ejercicios fracasan porque quienes los hacen no tienen sujeto, en términos propiamente ignacianos. Por otro lado, es común encontrar que quien da el “modo y orden” de los Ejercicios, aun con una enorme buena voluntad, tiene una deficiente o nula preparación para acompañar correctamente según el método ignaciano a quienes -todavía- de fían de nosotros. Me parece que hemos olvidado que Ignacio de Loyola establecía que, para acompañar la experiencia era menester haber hecho el retiro, pero eso de ningún modo era suficiente. Los superiores estaban obligados a elegir a quienes manifestaran una inclinación para dar los Ejercicios y, comenzando desde el noviciado, debían darles una preparación intensa y sólida. Aun cuando sea difícil reconocerlo, en mi opinión, no hemos superado la situación que con lucidez profética presentaba el Padre Pedro Arrupe, S. I., entonces Prepósito General de la Compañía de Jesús cuando afirmaba:

 

Si aquellos que vienen a nosotros no están preparados para hacer los Ejercicios como se debe, mejor es tratar de prepararlos por otros medios o procedimientos (conferencias, grupos de estudio, oración en común, cursillos, etc.). Pero no deben llamarse Ejercicios de san Ignacio otras actividades o reuniones espirituales, apostólicas, de estudio, etc., que no cumplan con lo requerido por ellos. Por otro lado, la experiencia muestra aun hoy -y podría citar muchísimos ejemplos- que, aunque parezca a veces que convendría ‘suavizar’ o reducir los Ejercicios, cuando son hechos con toda seriedad los ejercitantes quedan muy contentos. No cedamos, por tanto, fácilmente. Antes, al contrario, veamos en esas dificultades más bien una llamada para renovar este apostolado volviendo a la idea de S. Ignacio con todo lo que lleva consigo. Tenemos en los Ejercicios un tesoro que no podemos falsificar ni perder[2].

 

Durante los últimos años, he constatado con no poca tristeza el bajo número de retiros que se llevan a cabo siguiendo el método ignaciano “exactamente y en retiro”. Es más, la situación presenta dificultades mayores cuando muchos jóvenes quisieran ser acompañados en su búsqueda de Dios, pero hay quienes afirman que ellos no son capaces de vivir la práctica ignaciana. Con frecuencia, hemos escuchado a muchos acompañantes de Ejercicios Espirituales que se manifiestan en el sentido de que no es posible dar el método ignaciano, estrictamente hablando, porque son reacios a vivir situaciones de cierta intensidad espiritual y es, asimismo, poco capaz de asumir compromisos responsables y de por vida. Algunos matizan la afirmación y opinan que es sumamente difícil practicar el retiro durante treinta días con el rigor y sistematización que exigen los Ejercicios completos. Otros más, opinan que sólo en casos muy especiales han podido llevar a cabo las exigencias planteadas por Ignacio para la experiencia espiritual en silencio, soledad e, incluso, la posibilidad de hacer penitencia externa y no solamente la penitencia interna como lo estipulan las adiciones[3]. En síntesis, son pocos quienes han apostado por confiar en que, después de una preparación adecuada, es realmente posible dar los Ejercicios completos a jóvenes y adultos de diferentes edades. ¿En qué termina todo? En la comodidad de ofrecer algunas prácticas que tal vez pudieran ser muy útiles en otros contextos pero que no brindan la solidez de uno de los ministerios fundantes que han hecho a la Compañía de Jesús lo que ha sido, lo que le permitió su expansión y, en momentos de extremo dolor y confusión, volver de sus cenizas y asumir una restauración con los mismos ímpetus apostólicos con los que Ignacio de Loyola y los primeros compañeros, afrontaron su fundación.  Después de varios años de investigación y, especialmente de práctica pastoral en el campo de los Ejercicios, he llegado a la convicción de que, ulteriormente a una sólida preparación, especialmente los jóvenes, pero no sólo, sino quienes hacen los Ejercicios Espirituales de acuerdo con el método ignaciano, responden responsablemente a las exigencias y requisitos establecidos por Ignacio de Loyola para el retiro de treinta días.

 

Sin dudar ni poder dudar, las fuentes de nuestra espiritualidad pueden ayudarnos a encontrar una explicación histórica a este fenómeno si nos acercamos al modo como era la práctica de los Ejercicios Espirituales en tiempos de Ignacio de Loyola, los primeros compañeros y los jesuitas de la primera generación. Sin embargo, si con los medios técnicos modernos resulta difícil penetrar a fondo las diversas experiencias que se han tenido últimamente en el campo de los jóvenes, lo es mucho más conocer las que se tuvieron en los inicios de la práctica del ministerio de los Ejercicios Espirituales. No obstante, me parece que es de vital importancia comprender los criterios que siguieron Ignacio de Loyola y los primeros compañeros -bajo su guía- en la selección de candidatos y su acompañamiento en la búsqueda de su conversión a Dios y a los hermanos para poder ser fieles en el modo como llevamos a la práctica esta herencia tan nuestra que “no podemos falsificar ni perder”. Ignacio Iparraguirre reconocía este problema al afirmar que «encontramos muy poco roturado el campo» y añadía: «todos los autores que han tratado de la historia de la Compañía antigua, han tocado el punto de los ejercicios, pero por lo desperdigados que se encontraban los datos en las fuentes y por falta de una monografía básica, se detienen muy poco en esta materia…»[4].

 

En otras investigaciones he analizado los escritos, cartas, informes cuatrimestrales e instrucciones, tanto de Ignacio como de los primeros compañeros, los fundadores y los jesuitas de “primera generación”[5] con la finalidad de encontrar alguna luz para mi propio ministerio. Para los efectos de la serie de escritos que ahora doy comienzo, haré referencia únicamente a la experiencia de Íñigo López de Oñaz y Loyola en los inicios de su práctica pastoral en la humanista Universidad de Alcalá de Henares y, el modo como entró en contacto con las Reglas y Normas de los Colegios Mayores para garantizar que se cumplieran los objetivos de la enseñanza que los estudiantes recibían en las aulas y patios de la institución. Asumiendo que aun cuando no podemos afirmar a ciencia cierta, que lo que lo motivó a trasladarse a la ciudad de Alcalá fuera el trabajar con los jóvenes universitarios, es claro que el contacto que tuvo con los estudiantes complutenses influyó definitivamente en su trabajo posterior y en el tipo de ejercitantes que eligió, sobre todo, en su estancia en París. Tendremos en cuenta, obviamente, la redacción última a la que llegó, después de su rica experiencia en los Colegios de París cuando entendió los fundamentos de lo que, más tarde -con la experiencia del Colegio de Mesina, el Colegio Romano, los Colegios que se fundaron en Roma- y las primeras universidades, sería, la dimensión pedagógica de la espiritualidad ignaciana que tanto bien ha hecho a la Iglesia.

 

Asimismo, su estancia en la ciudad complutense fue decisiva en lo que, con el tiempo, llegaría a ser el texto de sus «Anotaciones para tomar alguna inteligencia en los Ejercicios Espirituales que se siguen, y para ayudarse, así el que los ha de dar como el que los ha de recibir»[6]. Tampoco podemos afirmar que fue sólo su interés por los estudios y las nuevas corrientes teológicas lo que determinó su elección para estudiar en la universidad de Cisneros pues sabemos que no fue su amor al estudio lo que ocupó la mayor parte de su tiempo. Lo que sí es un hecho es que fue en Alcalá de Henares donde comenzó a compartir de una manera regular los frutos de su proceso de la primera conversión en Loyola y, después en Manresa. Aunque hay indicios que nos sugieren la posibilidad de que ya desde Barcelona se ocupara de buscar algunos compañeros, fue precisamente en Alcalá donde lo vemos acompañado por algunos jóvenes que en realidad fueron los primeros en vivir la experiencia de Ejercicios Espirituales en alguna de sus modalidades, bajo la supervisión del entonces estudiante Iñigo López de Oñaz y Loyola.

 

Las Anotaciones, el “principio de la adaptación”

           

Hemos ya intentado analizar tres claves de comprensión subyacentes a los criterios de selección de candidatos definidos por Ignacio y compartidos por los primeros compañeros en los inicios de la práctica del ministerio de los Ejercicios Espirituales[7].  Es conveniente recordar que, un aspecto muy importante en este proceso fue aquél en que el peregrino decidió hacer partícipes de su experiencia en Manresa a quienes, deseosos de conversión, buscaban caminos viables en los que pudieran concretar su proyecto de vida. Así, le vemos en los primeros días posteriores a la ilustración del Río Cardoner, en Manresa, comenzar a establecer conversaciones espirituales con piadosas mujeres en la ciudad catalana. Posteriormente continuó con la práctica en Barcelona y, después acabaría trasladándose a Alcalá de Henares en donde descubrió el mundo de la universidad y sus inquietos y animados estudiantes, orgullosos letrados, así como mujeres y hombres sencillos del pueblo que lo escuchaban atentos, deseosos de la anhelada conversión. Fue en la ciudad universitaria de Cisneros en donde Iñigo López de Oñaz y Loyola comenzó una labor catequética y de animación espiritual valiéndose de sus notas de los Ejercicios Espirituales. Continuó con la misma actividad en Salamanca y la confirmó en París con la experiencia de los estudios y su estrecho contacto con jóvenes universitarios y personajes cultos del ambiente académico.

 

Su actividad en la Universidad de París marcó con matices y tonalidades diferentes sus experiencias apostólicas en el campo de los Ejercicios, así como la naturaleza de los ejercitantes. Entonces fue consciente de la necesidad de adaptar la práctica a diversos tipos de auditorio, tomando en consideración, fundamentalmente, el tipo de persona que solicitaba el retiro, sus necesidades vitales y los frutos que pretendía lograr con la puesta en práctica del método espiritual. Como resultado de su reflexión, Ignacio sistematizó tres modos distintos de dar los Ejercicios: algunos ejercicios”, “ejercicios abiertos en la vida corriente” y los completos “exactamente y en retiro”. Se aplicaba una de las tres fórmulas, según las necesidades y peculiaridades de los ejercitantes. Unos querían sólo instruirse y contentar su ánima. Otros, que necesitan ardientemente un camino de conversión, no podían retirarse a un lugar apartado y solitario. Había quienes, en cambio, buscaban tener una experiencia más profunda y deseaban un cambio radical en sus vidas y hacían lo que estaba a su alcance para disponer de ese tiempo tan necesario y deseado. En función de estas necesidades de los ejercitantes, surgieron las “Anotaciones” y, más concretamente la 18, 19 y 20 que respondían precisamente a esas exigencias de la adaptación.

 

Quienes buscaban sólo algunas actividades que contentaran su ánima era generalmente gente ruda “de poco subiecto o de poca capacidad natural”. A otros, “embarazados de cosas publicas o negocios convenientes, quier letrado o ingenioso, tomando una hora y media para se ejercitar…”, se les ayudaría tomando en consideración su situación y sus deseos. Otros, finalmente, quienes deseaban una experiencia más completa, se planteaban, además, la posibilidad de elegir o reformar su estado de vida y dejarse transformar por el espíritu sin oponer ningún tipo de resistencia. A quienes necesitaban algún tipo de preparación se les ayudaba concienzudamente, de modo tal que fueran capaces de vivir la experiencia completa. Tal como Ignacio lo hizo con Pedro Fabro, Francisco Javier y muchos otros. De esta situación surgieron tres modos diferentes de vivir el retiro ignaciano sin que ninguno de ellos perdiera lo auténtico y distintivo de los Ejercicios Espirituales. Todos los estilos eran auténticos Ejercicios, sólo que unos más reducidos y sencillos. Estos últimos privilegiaban el examen de conciencia, el aprendizaje de las potencias del alma y del cuerpo, el método de hacer oración y una sencilla instrucción religiosa. Esta forma breve, más sencilla, está orientada hacia los Ejercicios, pero no son todavía los Ejercicios completos. Por esta razón, autores como Iparraguirre los han llamado “algunos Ejercicios”[8]. El tiempo del que disponían las personas para hacer los Ejercicios determinaba una segunda clase que se definía en razón de si sus ocupaciones les permitían hacer, o no, la experiencia completa. De aquí surge la experiencia de “Ejercicios abiertos” de los que hace mención la Anotación 19ª y que prevé la posibilidad de que se dediquen uno o dos horas al día para meditar, orar y seguir las indicaciones de quien les da modo y orden. Con este tipo de Ejercicios se gana en extensión lo que se pierde en intensidad.

 

La tercera clase de Ejercicios prevista por Ignacio es aquella que privilegia el modo y duración de la experiencia. En cuando al modo se hacen en absoluto retiro, en estricto silencio y siguiendo exactamente todas las indicaciones del libro. Su duración es de treinta días aproximadamente. A esta tercera expresión de la práctica ignaciana se le ha llamado la de los “Ejercicios completos” y más aún, el “modo perfecto” de dar Ejercicios. Según Iparraguirre:

Aunque parezca una antinomia, la única cosa fija era que no había ningún factor externo fijo. Un principio regulaba toda la actuación: el principio de la adaptación [previsto en la Anotación 18 que establece]: ‘Según que tengan edad, letras o ingenio se han de aplicar los tales exercicios’. Precisada la clase de retiro que convenía practicar, examinando la finalidad que se buscaba, la disposición, cualidades y demás circunstancias, se comenzaban a aplicar a las necesidades concretas de cada alma, las prescripciones que para el caso señalaba el santo autor[9].

 

El tipo de Ejercicios que se aplicaban dependía, por tanto, del ejercitador, quien lo determinaba una vez que se entrevistaba con el candidato y detectaba sus necesidades, su disposición, sus cualidades y una vez que se analizaba el conjunto, decidiendo qué tipo de experiencia era más conveniente para la persona concreta que solicitaba el retiro. Esto es muy importante y a ello se debió, en gran parte, el éxito de los Ejercicios en su primera fase de expansión en la que se puede asegurar que los Ejercicios siempre fueron personalizados. En muchos casos, las fuentes nos dicen exactamente qué tipo de Ejercicios practicaron cada uno de los ejercitantes de los que nos dan noticia. En otros, sólo mencionan que “han practicado algunos”, o los abiertos o los cerrados. Simplemente se preocupan de que se haya vivido la experiencia total aun cuando no mencionen cuántos días duraron en la experiencia. Generalmente siempre se buscaba el ideal y dependía de cada persona el tiempo que se invertía en ella. Cuando no se daban los Ejercicios, la experiencia era llamada de otra forma, como “conversaciones espirituales”, “conversaciones en Ejercicios”, etc. Este tipo de práctica se utilizaba para difundir el método como una preparación adecuada a los Ejercicios, sin dedicarse de lleno a vivirlos. Iba más en la línea de la predicación y se tenía mucho cuidado de no caer en el equívoco de llamar Ejercicios a prácticas que no lo eran.

 

Tradicionalmente, la práctica pastoral ha unido de una forma indisoluble los inicios apostólicos de Ignacio con la Anotación 18ª de los Ejercicios y ha afirmado que la práctica de este ministerio estuvo radicalmente influida por los condicionamientos de la Anotación. Y esto es verdad. En algunos casos, sin embargo, se ha negado la posibilidad de que determinados tipos de personas hubiesen practicado los Ejercicios de una forma completa, según lo establecía el propio santo. Más aún, ha sido práctica generalizada constreñir lo estipulado por la Anotación 18ª al ámbito de las características de los posibles ejercitantes rudos, del pueblo sencillo, no idóneos, sin sujeto o totalmente incapaces de vivir plenamente la experiencia fundante de los Ejercicios, siendo así que la Anotación 18ª es mucho más globalizante. Se menciona, por una parte, que los Ejercicios en la Anotación 18ª se encuentran en un “estado embrionario” y, por otra, que son para quienes “no están todavía en grado de arriesgarse a un viaje espiritual profundo”[10].

 

Y todavía más: de una forma un tanto superficial, en la práctica pastoral se ha concluido que el hecho de la edad está directamente relacionado con la rudeza, la poca disposición y con personas que no pueden descansadamente llevar y aprovecharse de los Ejercicios. Autores como Eusebio Hernández han considerado que al mencionar la edad, se privilegia una etapa física y psicológica de la persona y han optado por preferir la edad adulta en detrimento de los jóvenes al afirmar que «el cúmulo de dificultades que ante la edad y despreparación de entendimiento, sentido práctico y experiencia interior de un joven, amontona el conjunto de elementos que en el mes de ejercicios ha de ensayar, apropiarse, explotar y dominar, quien aspira a sacar todo el fruto que deben dar especialmente en nuestros jóvenes los ejercicios completos»[11]. Ha sido aceptada también la afirmación de que una labor seria desde los Ejercicios sólo puede llevarse a cabo con personas en edad madura, como si se tratara de un trabajo privativo con adultos, excluyéndose a priori a los jóvenes -y más aún a las jóvenes– de la experiencia completa del retiro de treinta días. En muchos casos, lejos de superar criterios pastorales en práctica hace cincuenta años, se siguen viviendo en la realidad como si no hubiesen sido trascendidos por lo menos por las orientaciones generales del Concilio Vaticano II, por no mencionar documentos eclesiales más recientes. En nuestros días, existen pastoralistas que estarían de acuerdo con Arellano que opinaba que los jóvenes:

 

se aíslan cada cual dentro de su generación y miran con desconfianza a los de la anterior, incapaces de comprender. Abundan las personalidades precoces. No inspiran respeto ninguno las normas de autoridad y de costumbre. Tradición y experiencia, son valores absolutamente despreciados. Predomina el gusto por la experimentación: sólo vale lo vivido. Se entra demasiado pronto en la vida social, en el trabajo. Adolecen de una educación demasiado blanda, desacertada. Su formación intelectual es con frecuencia absurda y retardada. De ahí que no tengan criterio fijo ni ideas personales. Y como consecuencia esos caracteres sin temple, voluntades sin estabilidad, vidas sin rumbo y tantas pequeñas o grandes tragedias íntimas que buscan inconscientemente un escape: un celo o el aturdimiento, la diversión o la extravagancia. De ahí el proceso lento de masculinización de la mujer[12].

 

Asumiendo las dificultades que ofrece la pastoral de los Ejercicios Espirituales en una sociedad líquida en la que impera la “dictadura del relativismo”, consideramos que se ha relegado excesivamente a los jóvenes y no hemos considerado la posibilidad de que para las adaptaciones de los Ejercicios se debería tomar en cuenta también la edad de los adultos que, en ocasiones les podría limitar -y en muchos casos hasta negar- la práctica ignaciana cuando no reúnan las condiciones y requisitos mínimos para que se puedan considerar idóneos y capaces según las previsiones de Ignacio. ¿Tal vez por eso no tenemos vocaciones a la Compañía de Jesús? ¿Quizás por esta razón muchos ya no nos solicitan el ministerio del acompañamiento espiritual y buscan otras experiencias más light o menos comprometedoras?

 

De acuerdo con hechos históricos, constatamos que, por sí mismos, son concluyentes del interés que despertaron los jóvenes en Ignacio desde sus comienzos apostólicos en Alcalá de Henares. Observamos igualmente la atención que les dispensó en los ambientes universitarios en los que se movió y, asimismo, podemos afirmar que muchos jóvenes resultaron favorecidos con su trabajo y que fue precisamente de entre los jóvenes de donde seleccionó a varios de los primeros compañeros. Del primer grupo, destacan Alfonso Salmerón, Diego Laínez, Simâo Rodrigues, quienes eran los de más corta edad, aunque, por supuesto Pedro Fabro, Francisco Javier y Nicolás Alonso de Bobadilla eran jóvenes también. Para justificar nuestros dichos y tratar de encontrar alguna razón para sostener que es urgente que aprendamos a dar “modo y orden” de los Ejercicios, analicemos los inicios de la práctica de los Ejercicios e intentaremos detectar algunas líneas de acción que iluminen nuestras afirmaciones en el sentido de precisar los criterios de selección de candidatos y averiguar si se otorgó un voto firme de confianza a los jóvenes como sujetos capaces de comprometerse en serio con su vida y su mundo ayudándose de la práctica propuesta por Ignacio, creemos conveniente estudiar primeramente las Anotaciones 18ª, 19ª y 20ª. A este tema dedicaremos las próximas entregas de esta nuestra humilde colaboración para la Provincia Mexicana y nuestro objetivo será intentar deducir válida y convenientemente algunas conclusiones de las que se derivaron los ordenamientos y criterios de adaptación de los Ejercicios Espirituales y la selección de candidatos en la práctica inicial de Ignacio, los primeros compañeros y algunos jesuitas de la primera generación. Ellos ya cumplieron con su misión. Nos toca a nosotros asumir los retos y desafíos para ser fieles a nuestro carisma y fundamentar lo que somos y hacemos desde los fundamentos más auténticos e imperecederos de nuestro carisma.

 

[1] Cf. CG 36, d. 1,18.

[2] Arrupe, Pedro. 14 de Febrero de 1972.

[3] Adiciones para mejor hacer los Ejercicios y para mejor hallar lo que se desea [EE 73-90; 229].

[4] Iparraguirre, Ignacio. (1946). Práctica de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola en Vida de su Autor (1522-1556), Bilbao-Roma: Biblioteca Instituti Historici S.I. Vol. III. El Mensajero del Corazón de Jesús. Institutum Historicum Societatis Iesu, 45*-47*.

[5] Cf. González Magaña, Jaime Emilio. (2002). “El ‘Taller de Conversión’ de los Ejercicios. Volumen II: Los Ejercicios: una oferta de Ignacio de Loyola para jóvenes, México: SEUIA-ITESO.

[6] [EE, 1]

[7] Cf. González Magaña, Jaime Emilio. (2002). “El ‘Taller de Conversión’ de los Ejercicios…, Opus cit.

[8] Iparraguirre, Ignacio. (1946). Práctica de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola en Vida de su Autor (1522-1556) …, Opus cit. 42-43*.

[9] Iparraguirre, Ignacio. (1946). Práctica de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola en Vida de su Autor (1522-1556) …, Ídem., cit. 43.

[10] Labonté, Roger. (1980). “Ejercicios según el espíritu de la Anotación 18”, Centrum Ignatianum Spiritualitatis, Vol. XI, Nº 35, 22-23.

[11] Hernández, Eusebio. (1946). “La manera tercera de Ejercicios completos según San Ignacio”. Manresa. Vol. 18, 110.

[12] Arellano, Tirso. (1956). La Adaptación de los Ejercicios Ignacianos a las Tandas Colectivas, 2ª Edición, Zaragoza: Hechos y Dichos, 320.