¿Existe una crisis en el ministerio de la dirección espiritual?

Mar 15, 2025 | Noticias

15— Jaime Emilio González Magaña, S.J.

Todo parece indicar que el ministerio de la dirección espiritual, en otro tiempo fundamental y muy apreciado, está saliendo por fin de una grave crisis en la que cayó, sobre todo después del Concilio Ecuménico Vaticano II. Muchos hermanos han descubierto que el psicólogo no es la panacea y se han dirigido al sacerdote y, cada vez más, a los religiosos y también a los laicos en busca de ayuda a nivel espiritual y para caminar juntos en la búsqueda de la voluntad de Dios. Este ministerio ha sido fuertemente criticado, e incluso atacado, por algunos que pensaban que abrir la propia conciencia, o al menos algunos aspectos íntimos de ella, a otra persona, especialmente a los sacerdotes, era contrario a la libertad y a los derechos inalienables de los seres humanos. Por eso, en este trabajo pretendo desarrollar la importancia de este ministerio fundamental para la Iglesia, haciendo hincapié en su aplicación en la vida del sacerdote y en la formación para el sacerdocio y la vida consagrada. Con el auge de la antropología, la pedagogía y, sobre todo, la psicología, se pensó que no era necesario -y mucho menos obligatorio- que los seminaristas y los religiosos en formación recurrieran a un director espiritual. Del mismo modo, algunos sacerdotes, considerando que, tras la formación inicial, no es necesario recurrir a la guía de padres espirituales, abandonan esta práctica e incluso niegan la importancia de la formación permanente. Por otra parte, cada vez son menos los sacerdotes que se dedican a este ministerio, bien por un deseo laudatorio de ejercer un ministerio directo entre los pobres y marginados, bien porque se considera que fomenta el individualismo, una dependencia malsana de los demás o, simplemente, que no es una práctica que dé «lustre», «imagen» y «prestigio» al ministerio ordenado[1].

 

La práctica cayó en desuso -también hay que decirlo- por la inadecuada formación de quienes prestaban este servicio. La obligación de acudir a un sacerdote poco formado o que había recibido esta misión como una imposición de los obispos, de los superiores religiosos y, sobre todo, de las religiosas, no le ayudaba y le prestaba un mal servicio. Si antes estaba bien visto tener un director espiritual, hasta hace poco, la situación era la contraria, y quienes lo tenían eran considerados débiles y sin carácter y, en consecuencia, tenían que depender de otros. El término «director» fue muy criticado, ya que para algunos era sinónimo de atentado contra la libertad y el derecho a decidir por uno mismo, etc. Mucho más grave, sin embargo, fue la indiscreción de algunos sacerdotes que intervenían en las reuniones de escrutinio o de toma de decisiones para la admisión a las órdenes sagradas o a los votos religiosos. No sólo hubo poca prudencia, sino que, más aún, se dieron algunos casos de infidelidad al secreto, que deberían haber observado los directores espirituales. Esta situación hizo que muchos se alejaran e incluso se negaran -con razón- a abrir su corazón y su vida a un hermano infiel a su misión y a la obligación del secreto, a pesar de no ser sacramental.

 

En muchos casos, esta práctica fundamental era simplemente observada -casi tolerada- en seminarios y casas de formación religiosa, pero no se hacía nada para corregir la situación. La crisis se ha agravado aún más por el profundo cambio de época que estamos viviendo, el desarrollo acelerado de una nueva visión del hombre, del mundo y de Dios. Hoy, esta visión del mundo ha cambiado gracias a los avances del conocimiento científico y humanístico: en filosofía, psicología, sociología, bioética, antropología, economía, psiquiatría, informática y, por supuesto, teología. La visión del mundo y del hombre es considerablemente más compleja y «plural». Nos enfrentamos a un mundo globalizado con todos sus aspectos negativos, pero también con la enorme oportunidad de explotar su potencial. El mundo actual es diverso, la humanidad se mueve por el mundo con toda naturalidad. El intercambio entre culturas es enorme y se fomenta la diversidad. Los conflictos y las tensiones son diversos y, en consecuencia, la visión de la humanidad es mucho más complicada. Aunque se sepa mucho más, las dimensiones del ser humano no pueden reducirse a una visión simplista e indiferente del mundo y del hombre, que tal vez funcionó en el pasado cuando la pertenencia a una sociedad cristiana indicaba la totalidad de la persona[2] . A todo esto, hay que añadir el efecto de una extraña paradoja: por una parte, todo parece indicar que el hombre no tiene necesidad de Dios y, por otra, es evidente su sed de interioridad, de diálogo y de vida espiritual profunda. Muchos han tenido que buscar el sentido de su vida y la respuesta a sus inquietudes en otras religiones o en teorías que ofrecen una desconcertante pluralidad de posibles pautas de una vida superficial centrada en un intimismo autorreferencial.

 

Afortunadamente, también es posible observar una revalorización de la experiencia de la práctica del Sacramento de la Reconciliación. Es más generalmente aceptado que la dirección espiritual, el acompañamiento personal, la consulta pastoral y, por supuesto, la confesión, buscan promover el crecimiento integral de la persona. Se trata de acompañar a otros en su camino de crecimiento y madurez y en la libre asunción del deseo de seguir a Jesús, lo más cerca y radicalmente posible.  Cada día crece también la certeza de que la experiencia y la asiduidad de este ministerio serán una ayuda eficaz para evitar que muchos jóvenes abandonen los seminarios y las casas de formación, y para que los sacerdotes vivan más apasionadamente su vocación. También se ha observado cómo la dirección espiritual, llevada a cabo por sacerdotes, religiosas y laicos bien preparados y formados para ofrecer este servicio, ha contribuido a reducir el número de peticiones de reducción al estado laical por parte de muchos sacerdotes. Esto se ha observado, sobre todo, en aquellos que, en un período muy corto de tiempo después de la ordenación, experimentan momentos de pereza, de letargo en su vida espiritual, de crisis afectivo-sexual o incluso apostólica, o simplemente de desilusión ante una realidad de inmadurez sacerdotal que, poco a poco, les empuja a dejar el ministerio. El reto que nos queda es fomentar la preparación de directores santos y competentes, que lleven a cabo la misión de una dirección espiritual capaz de abrirse a la complejidad de los hombres y mujeres de hoy.

 

La dirección espiritual en el ministerio sacerdotal

 

Por dirección o acompañamiento espirituales entendemos la puesta en práctica de un ministerio recibido de la Iglesia para ayudar a las personas que sienten la necesidad de un salto cualitativo en su vida y que están dispuestas a buscar, encontrar y hacer la voluntad de Dios. Es el tipo de relación que se establece cuando una persona está dispuesta a dejarse ayudar por otra porque desea dejarse guiar por el Espíritu Santo de Dios en la búsqueda incesante de la verdadera vida, de la paz y de la plenitud de su vocación personal. Es un ministerio que ayuda a la persona a profundizar en la plena conciencia de sus dones y limitaciones personales, con el firme deseo de vivir intensamente cada momento, y también está dispuesta a discernir para descubrir sus afectos desordenados y el pecado que le impiden vivir su vocación, sea cual sea[3]. El ministerio se vive cuando una segunda persona ofrece su experiencia y habilidades, así como sus defectos y limitaciones, y también está dispuesta a acompañar a la persona que ha pedido ayuda. Nos referimos a un acompañamiento que una persona está dispuesta a ofrecer para ayudar a comprender el mundo conflictivo y convulso que nos rodea; con una apertura consciente a la cultura de la diversidad, la interculturalidad, las relaciones intergeneracionales más complejas y la dificultad de las relaciones humanas en una sociedad cada vez más secularizada y hedonista, que también se ha dado en llamar líquida por el rechazo de los valores cristianos, religiosos, sociales y culturales fundamentales. Una dirección espiritual que ayude a buscar a Dios en todas las cosas y dé la posibilidad de descubrirlo todo en Él; que se sitúe en un contexto ecuménico, respetando las diferentes confesiones religiosas, pero sin negociar lo que debe ser central en nuestra fe cristiana y en nuestros valores eclesiales[4].

 

Hablamos de dirección espiritual cuando dos personas están dispuestas a entablar un diálogo profundo. Cuando el acompañante es capaz de comprender al otro sin querer imponer su voluntad. Una dirección espiritual que permita comprender y aceptar las aportaciones específicas de las ciencias humanas, evitando cualquier tipo de reduccionismo -ya sea psicologismo o espiritualismo- y respetando al mismo tiempo los conocimientos específicos[5] . Porque «aunque los conocimientos más recientes puedan ser en parte ignorados por el director espiritual, ya sea por su complejidad o por su cantidad, éste, además de aprender a hacer referencias competentes, debe seguir estudiando y crecer también en el conocimiento intuitivo, guiado por un espíritu siempre disponible. Todas las prácticas y técnicas del mundo no podrían hacer nada sin un corazón que sepa escuchar, ni ofrecer una solidaridad que se compadezca del otro, ni contar con la iniciativa autocomunicadora de la gracia divina»[6] . Charles André Bernard afirma que

 

Se habla de Dirección Espiritual cuando se sitúa al creyente en un ámbito de fe y desde el punto de vista del sujeto que se educa en la búsqueda de la plenitud de la vida cristiana. La dirección espiritual tiene lugar cuando se supera el nivel moral de ‘lo que está mal’ y la simple comparación con la ley y se entra en ‘lo que es mejor hacer’ y se recibe ayuda espiritual. Esto implica una cierta ‘pasividad’ elegida para confiar en el que quiere ser ayudado. Éste le ilumina (= función magisterial) con la verdad, le apoya (= función real), le ayuda a encontrar el camino y la vida, y le guía. Los tres verbos indican en qué dirección debe ir la ayuda del director, es decir, en ayudarle a discernir la voluntad de Dios (= fin inmediato) y a llegar al punto decisivo que es alcanzar la santidad (= fin último trascendente)[7] .

 

En otra parte, Arana subraya que: «Por acompañamiento espiritual se entiende un ministerio recibido de la tradición de la Iglesia que utiliza la relación de ayuda pastoral personalizada para ayudar a la persona a crecer de manera integral en el seguimiento de Cristo. Acompañar espiritualmente es asomarse al misterio del hombre y al misterio de Dios unidos en la fuente de la persona humana para ayudar a la persona a crecer en su vocación escatológica. Y hacerlo sacerdotalmente significa con la autoridad del Señor a través del envío de la Iglesia, como punto de referencia para la fe de la comunidad y con la máxima implicación de la propia persona»[8] . De este modo, el director, el acompañante, el padre espiritual, o como se le quiera llamar, debe ocupar siempre un lugar secundario, ya que el primer actor de este ministerio es el Espíritu Santo de Dios que comunica su voluntad, y siempre con Jesús como punto de referencia fundamental, libremente elegido como centro de gravedad de nuestras vidas. Es el Señor, el Dios Eterno, quien se comunica a la persona que pide ayuda a través de un compañero que ocupa un lugar relevante y esencial, pero sólo como instrumento. Bernard afirma también que «entre las acepciones utilizadas para indicar a quien recibe la misión de guiar a otros en la vida espiritual, la más antigua y apropiada sigue siendo la de «padre espiritual». […] Esta expresión es la que más evoca la relación interpersonal y vital que une a la persona sabia y experimentada con el que llamamos ‘dirigido en la vida espiritual’[9]. El acompañante espiritual se compromete con una persona que le pide ayuda; acepta iniciar un camino de búsqueda en el que se compromete con ella y con sus procesos internos más personales y decisivos para encontrar una vida más plena y feliz, comprometida con lo que Dios quiere que sea y haga. Ambos aceptan caminar juntos durante un tiempo con el único y principal propósito de conocer lo que Dios desea, lo que le es agradable, lo que más puede ayudar a uno a ser y hacer lo que está llamado a ser y hacer. Así, en un seminario o casa de formación religiosa que prepara candidatos al sacerdocio, la figura del director espiritual es fundamental. También lo es en la formación permanente del sacerdote. El director espiritual debe ser consciente de que uno de sus principales retos será introducir a los jóvenes, que se preparan para el sacerdocio como respuesta específica a su seguimiento del Señor. Mucho más que un mero controlador de oraciones más o menos bien hechas o que verifica la presencia de los candidatos en las actividades litúrgicas, el director espiritual es quien está llamado a escuchar, comprender y discernir los movimientos interiores que el Espíritu Santo de Dios suscita en la vida de los jóvenes. También está obligado a reconocer aquellos espíritus y movimientos que provienen del maligno y que harán cualquier cosa para obstaculizar el descubrimiento y la vivencia de la voluntad de Dios.

 

La expresión director spiritus aparece por primera vez en las directrices para los seminarios del siglo XVII, que, gracias a la labor de figuras como san Francisco de Sales y san Vicente de Paúl, concedieron gran importancia y atención a la dirección espiritual, especialmente en los seminarios[10]. Esto se debió a que el Concilio de Trento, al regular la formación de los que se preparaban para recibir el sacramento del Orden, no mencionó explícitamente la figura del padre espiritual[11] . Sin embargo, pronto se reconoció la necesidad de crear verdaderos centros de formación humana y espiritual para los futuros sacerdotes. Ya en el siglo XIII, algunas casas de formación religiosa de la Orden de Frailes Menores y de la Orden de Predicadores estipulaban la presencia de un acompañante o superior (rector o prior) para los estudiantes religiosos, competente tanto en el foro interno como en el externo[12] . En el siglo XVI, fue San Ignacio de Loyola quien ayudó a definir el papel y la función del padre espiritual. La formación de quienes querían optar por el sacerdocio era escasa o nula. Los signos devastadores de la Reforma protestante de Martín Lutero eran evidentes. Urgía, pues, una respuesta, y así comenzó la aventura en Roma con la fundación, primero del Colegio Romano y luego del Colegio Germánico. Partiendo de la experiencia fundacional de discernimiento en los Ejercicios Espirituales que habían vivido Ignacio de Loyola y sus primeros compañeros jesuitas, se pretendía dar a los estudiantes una sólida formación humana, religiosa y cultural que respondiera a las necesidades de una Iglesia herida por el cisma y necesitada de una acción transformadora. Obviamente, la formación espiritual era fundamental, por lo que la misión del magister rerum spiritualium quedaba clara y explícitamente estipulada en las Constituciones, que establecían que «además de confesores, debe haber en los colegios, maestros de vida espiritual, capaces de transmitir, ante todo, la piedad a los nuevos estudiantes, y también a todos los demás»[13] .

 

La figura del padre espiritual descrita por Ignacio de Loyola sólo puede entenderse a la luz de su experiencia personal y heredada por la Iglesia en los Ejercicios Espirituales. Su método para llegar a la conversión personal y al discernimiento de la voluntad de Dios en el seguimiento de Cristo, en, con y por la Iglesia, consiste en la propuesta de vivir la propia experiencia con la ayuda de un guía, de alguien que «da camino y orden». El que tradicionalmente se ha llamado «director de Ejercicios» debe optar por una relación interpersonal, por un diálogo con la persona que hace los Ejercicios y, sobre todo, por una escucha discreta y paterna que, en el momento oportuno y con la guía adecuada, le ayude a discernir lo que Dios quiere para ella en el momento concreto de su vida[14] . La propuesta pedagógica y la posibilidad de adaptarla para una verdadera dirección espiritual se aplicó en la pastoral de los Ejercicios Espirituales y, posteriormente, en la adaptación de los mismos a los Colegios y Universidades de la Compañía de Jesús[15] .

 

Es importante recordar cómo san Carlos Borromeo, en sus Istitutiones Seminarii, inspirándose en la Ratio studiorum disciplinae del Colegio alemán, integró la figura del confessarius y del magister rerum spiritualium en una sola figura: el confessarius. Esta figura se convertiría en la dominante en las orientaciones de los seminarios tridentinos[16]. Más tarde, san Francisco de Sales y san Vicente de Paúl darían especial importancia a la dirección espiritual, y este último, a la redacción de los reglamentos para la formación en el seminario de París. Inspirándose en la Institutionis de san Carlos Borromeo, introdujo la figura del director spiritus. A diferencia del confesor, éste sólo se ocupaba de los individuos y no de la animación de la comunidad[17] . La expresión director spiritus fue introducida por primera vez en un documento del Papa León XIII, que utilizó este término en su encíclica «Desde el principio» del 8 de diciembre de 1902[18] . Esta expresión pone mayor énfasis en el grado de responsabilidad que el superior adquiere en la vida espiritual de las personas en formación. La expresión «padre espiritual», en cambio, expresa más claramente el papel de paternidad y el acompañamiento cotidiano y atento de la persona, que se prepara progresivamente en la práctica espiritual del discernimiento de la voluntad de Dios.

 

Conviene recordar que, desde la época de los primeros monjes de la Iglesia oriental, la figura del padre espiritual ha tenido una importancia decisiva. Sin embargo, podría dudarse de la legitimidad del apelativo «padre» aplicado a un hombre, debido a la afirmación del Evangelio que dice: «No llaméis padre a nadie en la tierra…» (Mt 23,9). A este respecto, san Pablo afirma: «Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra» (Ef 3,14-15). Por eso, cuando san Pablo escribe a sus «hijitos»: «Os engendro de nuevo en el dolor hasta que Cristo se forme en vosotros» (Ga 4,19), sabe que esta paternidad real es una participación en la única Paternidad divina, y no duda en reivindicar este privilegio de paternidad con respecto a los corintios: «Soy yo quien os ha engendrado en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (1 Co 4,15). El padre espiritual sólo actúa en virtud de su participación en la paternidad divina que le ha sido conferida por la misión recibida de la Iglesia; su autoridad, por tanto, no le pertenece, sino que se deriva de la de la Iglesia y se incorpora a ella. Su tarea principal aparece claramente, y es la de formar a Cristo en sus hijos: Según San Pablo: «En él, todo edificio crece en orden para ser templo del Señor; en él también vosotros, junto con los demás, sois edificados para llegar a ser morada de Dios por el Espíritu» (Ef 2,21-22).

 

La paternidad espiritual existe cuando, como en el caso de san Pablo con respecto a Timoteo, se ejerce desde la iniciación hasta la plenitud de la intensidad y de la comunión interpersonal. En efecto, Timoteo es «el verdadero hijo en la fe» (1 Tm 1,2) a quien, a través de las cartas que le envía, san Pablo sigue aconsejando y animando. San Pablo lo afirma indirectamente: «Te ruego, pues, que seas imitador mío. Por eso mismo te he enviado a Timoteo, mi hijo amado y fiel en el Señor» (1 Co 4,17). Es, pues, el padre espiritual que enseña el modo concreto de imitar a Cristo, actuando él mismo como modelo. En este sentido, es también un maestro espiritual, pero mientras que el maestro espiritual (el rabino judío y evangélico) ejerce sobre todo una función docente, el padre espiritual anima y conduce, por así decirlo, a sus hijos hacia la plenitud de la vida cristiana. La paternidad espiritual se manifiesta cuando el cristiano se convierte en el instrumento del nacimiento de una vida espiritual personal o, al menos, cuando da un impulso decisivo a la persona que le ha sido confiada, permaneciendo, así como punto de referencia privilegiado en su camino espiritual. Por su parte, el padre espiritual, a la vez que se esfuerza siempre por proponer la imitación de Cristo, imprime a su acción orientadora un carácter propio que refleja su modo de entender y vivir el Evangelio.

 

Desgraciadamente, la secularización, la crisis de fe, el rechazo de la autoridad y una débil identidad sacerdotal, experimentadas sobre todo en el siglo XX, han llevado también a una crisis de la figura del director espiritual. En muchos casos, su misión se redujo a enseñar y verificar la aplicación de un conjunto de normas sobre la vida espiritual y moral[19] . Se descuidó la atención personalizada a los formandos, el diálogo y, de manera muy especial, la escucha respetuosa y la acogida incondicional de quienes pedían ser escuchados. El director era el único que hablaba, las más de las veces, para aconsejar, enseñar, predicar o simplemente prohibir, llamar la atención y establecer medidas disciplinarias ante las faltas cometidas. Para intentar responder a esta crisis, los Padres conciliares recuperaron el papel insustituible del director espiritual en la formación sacerdotal[20] . La Iglesia ha recogido las disposiciones del Concilio Vaticano II y ha descrito con precisión el papel del director espiritual en varios documentos importantes, entre los que destaca la Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis, en el nuevo Código de Derecho Canónico de 1983, en el que «se prevén varias funciones para el acompañamiento espiritual de los seminaristas: spiritus director, moderator suae vitae spiritualis, confessarius«[21] . Más recientemente también en 2016 con el documento «El don de la vocación sacerdotal. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis» de la Congregación para el Clero.

Marzo de 2025.


[1] Una parte de este trabajo ha sido publicada en: González Magaña, Jaime Emilio. (2019). Amar y servir hasta la muerte. Identidad sacerdotal y configuración con Cristo. Ciudad de México: Buena Prensa, 167-198.

[2] Cf Graton, C. “Direzione spirituale”. (2003). En: Nuovo Dizionario di Spiritualità, (a cura de Downey. M. – Borriello, L.). Città del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 236.  

[3] Cf. Carlotti, Paolo. La formazione della coscienza morale cristiana nelle sfide dell’oggi. Corso sul Foro Interno della Penitenzieria Apostolica, 4-8 marzo 2013.

[4] Una parte de este trabajo ha sido publicada en: González Magaña, Jaime Emilio. (2021). Un fuego que enciende otros fuegos. Formador, especialízate en Jesucristo. Roma: G&B Press,72-84.

[5] Congregazione per l’Educazione Cattolica. «Orientamenti per l’utilizzo delle competenze psicologiche nell’ammissione e nella formazione dei candidati al sacerdozio», 29 giugno 2008.

[6] Graton, C. “Direzione spirituale”…, Opus cit.,  239.

[7] Bernard, Charles A. (1985). L’aiuto personale spirituale. Roma: Rogate, 23.

[8] Arana Beorlegui, Germán. (8 de diciembre de 2009). Apuntes de una conferencia dictada en un curso de formación sacerdotal en el CIFS de la Pontificia Universidad Gregoriana.

[9] Bernard, Charles A. (2000).  “La dinamica del colloquio spirituale”, Seminarium, 4, 537.

[10] Panizzolo, Sandro. (2000). “Il Director Spiritus nei seminari: excursus da Trento ai giorni nostri”, Seminarium, 4, 475.

[11] Panizzolo, Sandro. (2000). “Il Director Spiritus nei seminari…, Opus cit., 475.

[12] Idem., 476.

[13] Ibídem, 478.

[14] Ibíd., 478.

[15] Cf. González Magaña, Jaime Emilio. “El que da modo y orden de los Ejercicios Espirituales Tres etapas en la práctica de Ignacio de Loyola”. In: Ignaziana 22 (2016), 137-171.

[16] Panizzolo, Sandro. (2000). “Il Director Spiritus nei seminari…”, 479-480.

[17] Ibíd.,  480-481.

[18] Ibíd., 482.

[19] Ibíd., 483.

[20] Ibíd., 483.

[21] Ibíd., 484.