Impulsa el Espíritu a la Iglesia Autóctona

Nov 14, 2023 | Noticias

—Por Pedro Arriaga Alarcón, S.J.

Contexto

 

En los días que suceden de nuestro caminar con los pueblos originarios percibimos el impulso de la Ruah, en esta Iglesia diocesana.

 

El próximo día 2 de diciembre, de este año 2023, el obispo de San Cristóbal de las Casas, Rodrigo Aguilar Martínez, ordenará 37 diáconos permanentes; sus esposas recibirán el ministerio extraordinario de la comunión. Son ya alrededor de 500 diáconos permanentes, en esta diócesis. Se padeció de incomprensión, rechazo y suspensión durante este proceso, por varios años; finalmente con el papa Francisco, se reanudó la ordenación Diaconal.

 

A partir de 1981 se inició el proceso del Diaconado, por el entonces obispo Samuel Ruiz García. Continuó el Cardenal Felipe Arizmendi. Varios de los ordenados diáconos disfrutan ya de la Vida Plena. Se sumarán los neodiaconos a 187 diáconos ordenados que ejercen actualmente este ministerio, en la Misión de Bachajón, Chiapas.

 

Con quienes serán ordenados, llegaremos a 224 diáconos “uxurados” en esta región. Será así, nuevamente, impulsada la vastedad de esta Iglesia Autóctona que tiene a su cargo 650 comunidades indígenas tseltales, -en Chiapas-; dónde existen además seis etnias diversas: choles, tsotsiles, tojolabales y zoques.

 

Las comitivas

 

En torno a los diáconos se forma un grupo de servidores, llamado “comitiva”. Está integrada por otra pareja, reconocida como los “principales”, es decir, quienes no sólo acompañarán el desempeño del ministerio diaconal, también indicarán dónde realizarlo, y estarán atentos al desempeño de este servicio ministerial. Son parejas de probada experiencia, muchas veces, mayores en edad que los diáconos. Los principales portan, como distintivo, una vara de madera con un listón rojo; significa que son los guías de este ministerio.

 

También integra la comitiva, el secretario y su esposa, -estos son jóvenes en edad-, han sido  invitados por los diáconos a formar parte de este servicio. Recibirán, de parte del obispo, el día de la ordenación del Diácono, una libreta y un bolígrafo, para comprometerse, anotando, todo lo referente al trabajo de notaría, acuerdos en reuniones y programación.

Itinerario espiritual

 

Días previos, a la imposición de manos episcopal, experimentan las comitivas “el camino de San Ignacio de Loyola” para “engrandecer el corazón”, como se expresa en esta cultura.

 

Seguirán el itinerario, de este camino de espiritualidad, según el texto escrito por San Ignacio de Loyola de sus Ejercicios Espirituales (EE). Así participan durante cuatro días, buscando la “experiencia de Dios” que fecunde este ministerio.

 

Impulso ritual

 

Para orar, ante el fuego, las velas se aprecian grandemente en los pueblos indígenas. Al encenderse, nunca se apagarán hasta que se consuman. Así se inicia, cada mañana, la primera oración de los ejercitantes con candelas encendidas, que se realiza con reverencia, en voz alta. A Dios hay que hablarle, diría Ignacio, como un “amigo conversa con otro” (EE. Núm. 54). Cascada de voces, descienden y ascienden, ante la “cruz maya” colocada en el piso, sobre hojas verdes, de esta región tropical.

 

La “cruz maya”, en sus travesaños, indica el camino de Dios y el camino de la humanidad que surge de los extremos de la Cruz, del oriente al poniente, y del norte al sur. La riqueza de este símbolo, conocido como el “aposento de Dios”, simboliza el cruce de ambos caminos en el centro, donde se encuentra la divinidad: Corazón del cielo, Corazón de la tierra.

 

Presupuesto

 

El aceptarse unos a otros, al estilo de esta cultura, con respeto, los lleva a estar atentos unos de otros, a ayudarse con empatía para “corregirse con amor”, como lo indica el pórtico de entrada a la vida en el espíritu (EE. Núm 21). Aclaraciones vendrán para comprender cómo entender, en dos lenguas, castilla y tseltal, durante la explicación, los puntos que les irán guiando para “reflectir y sacar provecho” (EE. Núm 108).

 

Principio

 

Con movimientos de manos, todo el grupo, ya explicado el para qué y sentido de la vida del texto ignaciano, el ejercitante levanta las palmas al cielo para “alabar”. Enseguida juntan sus manos al pecho para hacer “reverencia”. Las extienden y mueven al entorno para “servir”. Concluyen abrazándose a sí mismos, con ellas, para significar “el amor a sí mismo”; de donde surge entonces ponerlas sobre los hombros del que está al lado, para lograr así, con este movimiento al tocarse, mostrar el “amor al prójimo”. Se concluye, levantado las manos al cielo para entregarse al Amor a Dios. Este es el “fundamento” de su quehacer cristiano,

Integración corporal

 

En la primera anotación, que hace Ignacio (EE. Núm 23), en donde indica que hay una semejanza de los “ejercicios corporales” a los “ejercicios espirituales”, -lo reconozco como esencial-, para comprender la participación, con el cuerpo, en la experiencia espiritual.

 

El sujeto que hace los ejercicios es el hombre y la mujer con sus elementos constitutivos: cuerpo, psique, espíritu, relaciones interpersonales. Ante la asamblea, se configura con cuatro personas, “representantes”, que se entrelazan. Estos representantes, y enseguida toda la asamblea que participa observando, hasta ese momento, se pone de pie, forman círculos, manos sobre los hombros, comienzan a girar, moviéndose, cantando en lengua tseltal. Queda así constituido el sujeto personal y colectivo que hace los ejercicios desde su ser biofísico integrado.

 

Ante la maldad imperante.

 

El grupo de 230 participantes se dividió por la mañana del primer día para meditar sobre el mal que los circunda; se hicieron cinco grupos que correspondían a las cinco Vicarías parroquiales en que se divide la misión de Bachajón. Compartieron las situaciones de violencia, narcotráfico, carencias y necesidades  de pobreza, división por los partidos políticos, falta de trabajos, migración de los jóvenes. Lo que padecen en estas comunidades indígenas. En reunión plenaria, cada vicaría, reflejó el pecado social que les crucifica.

 

Inmersos en la complicidad, por el pecado personal, nos arrodillamos ante el Crucificado, -mirando hacia la puerta de salida del templo-  para meditar “qué he hecho por Cristo” en el prójimo sufriente. Hacia el centro, -volvimos a arrodillarnos- entorno a la cruz maya, donde estaban colocados los frutos de la “madre tierra”: maíz, frijol, semillas, mazorcas, flores, allí meditamos en “qué hago por Cristo”. Y vueltos hacia el altar del templo, frente a la imagen del crucificado de nuevo, -de rodillas-, en silencio, llevamos al corazón las manos para meditar en “qué haré por Cristo” (EE. Núm. 53).

 

Meditación contemplativa

 

Por dos tardes seguidas, vimos la película de la vida de San Ignacio de Loyola, realizada por los jesuitas filipinos. Por “anhelitos”, ya que se iba interrumpiendo, para irle meditando. Las imágenes cautivaban al auditorio con su impacto visual que impregna la experiencia interior. Ignacio desde su herida hablaba de la lucha por la vida entre heridos marginados por ser excluidos indígenas.

Los sueños

 

En la espiritualidad de estos pueblos es esencial contemplar, en los sueños, el mensaje de Dios. Lo que sueñas o el sueño de otros, se escucha con gran atención, reverencia, sentido sagrado, -es el inconsciente espiritual que se expresa, diría Jung– por el que Dios se comunica a través de la noche.

 

Cada mañana preguntábamos si habían soñado. El segundo día fue una mujer, quién narró su sueño a todos los ejercitantes. Le escuchábamos con máxima atención. Los elementos de agua sucia y agua limpia, la bandera nacional, la imagen de La Guadalupana, a la que seguía peregrinando, era lo esencial. Entonces invitamos a todas las esposas de los diáconos, -Elena, la soñadora, era una de ellas- para formar la fila. Y se formaron detrás de símbolos soñados. Escenificando así el sueño, caminaron  en círculos  hacia el centro, en ritual realizado en forma de caracol, tres círculos que se movieron enrollándose. Se tocó este instrumento ancestral. Obtuvieron así provecho a su vocación de acompañar a sus esposos diáconos.

 

Celebración

 

La eucaristía se celebra rodeado el altar por todos los ministros. En esta ocasión fueron muy numerosos. Con el incienso en sahumerios se honra la mesa, el evangeliario (traducido al tseltal como toda la liturgia) y al pueblo, de acuerdo al rito romano inculturado. Proclaman, cantan; la ofrenda está impregnada de devoción. Todos con atuendos litúrgicos, regionales también.

 

La comunión la reparten los ministros. Los cantos acompañados de trompetas, guitarras, violines, interpretados en su lengua originaria, impulsan al Espiritu, para que “arda el corazón”.

 

La Palabra sembrada

 

Desde el primer día se meditaron textos bíblicos. Estos son marco de referencia continua en la vida diaria comunitaria. Domingo a domingo, reciben las semillas, se predican, son lámpara encendida, -entre los creyentes-. Contamos con 1200 catequistas, hombres y mujeres que los entregan a las comunidades en Celebraciones de la Palabra. Reciben la palabra: niños, jóvenes -quiénes reciben también el cargo de lectores-, adultos, ancianos. En estas celebraciones comulgan el pan de vida.

 

Con ocasión de estos ejercicios fueron tres textos centrales los que proclamamos: Eclesiástico 2:1-3:

 

“Si te has decidido a servir al Señor, prepárate para la prueba; mantén el corazón firme, sé valiente, no te asustes cuando te venga la prueba; pégate a él, no lo sueltes y a final llegarás a buen puerto”. Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-15 y la elección de los primeros diáconos en los Hechos de los Apóstoles 6,1-7.

 

El llamamiento

 

La vocación al diaconado, -elegidos para este servicio, por su comunidad, no por voluntad propia- es para sentir el sufrimiento desde su corazón de los más empobrecidos. La estola emblemática la cruzan por ello sobre el pecho, del lado izquierdo. Así lo comprendieron al “sentir y gustar de  las  cosas  internamente” (EE. Núm. 2). El alba blanca, vestidura que en ocasiones aparece en sus sueños, portándola mensajeros divinos, el mismo Cristo, la honrarán desde su ordenación diaconal.

 

Contemplar con los ojos del alma” (Sta. Teresa)

 

El impulso de la Ruah les coloca en la puerta de su existencia para en “todo amar y servir”, ponerse en camino para alcanzar mayor amor. Consolidan así la Iglesia Autóctona desde su vida interior. Serán muchos los que recibirán de sus manos, el bautismo, serán testigos de matrimonios, tendrán la responsabilidad de predicar, atender enfermos, servicio desarrollado en seis comunidades campesinas para cada comitiva. No recibirán estipendios, proseguirán con su responsabilidad de trabajar para su familia campesina, y de su trabajo cotidiano obtendrán su propio sustento para sus familias.

 

Entregarán su vida junto con sus esposas, con sus comitivas, gratuitamente, gratis recibieron este ministerio, por la elección que de ellos hicieron, para servir a su pueblo.

 

Al despedirse, dejan la vivencia de estos ejercicios espirituales, sintiéndose más amigos entre ellos. Se dejarán guiar por la osadía de seguir el impulso de la Ruah.

 

 

 

 

 

 

 

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